En su extensa y compleja obra Trabajo sobre el mito (traducción de Pedro Madrigal, Barcelona, Paidós, 2003), el filósofo alemán Han Blumenberg afirma que los mitos, lejos de ser una expresión de lo irracional, han sido siempre una herramienta fundamental para la supervivencia humana. Gracias a ellos, los primeros homínidos que asomaron desde los densos bosques a la sabana pelada, pudieron resistir lo que Blumenberg llama "el absolutismo de la realidad". No sé por qué, las ideas de Blumenberg (cuyo libro, reconozco, todavía no he logrado leer en su totalidad), me han venido a la cabeza al releer el resumen que esbocé hace años de un mito melanesio de las islas Salomón que encontré en libro de Kay Bauman Solomon Island Folktales from Malaita (Ranbury, Rutledge Books, 1998, págs. 2-3). También he recordado el sino de aquellos que, por distintos motivos, se han visto obligados a vivir durante mucho tiempo entre gentes de otros países, y a utilizar cotidianamente una lengua extraña, de modo que, poco a poco, imperceptiblemente, su idioma materno, sin quedar olvidado, retrocede a regiones insondables del espíritu. Y un buen día se percatan de que, quién sabe desde hace cuanto tiempo, sueñan en aquella lengua que les fue ajena, pero ahora es, irreversiblemente, la suya.
He aquí el mito:
Los baegu de Malaita, en el archipiélago melanesio conocido como islas Salomón, cuentan que un hombre llamado Nunu (Sombra) y su esposa Fala (Dadivosidad) llegaron a Malaita procedentes de Marado. Cierta noche, Fala soñó con una nueva lengua. Cuando despertó, no podía recordar su antiguo idioma: sólo era capaz de hablar la lengua con la que había soñado. Ella y su marido decidieron entonces fundar una nueva aldea, a la que llamaron Baegu, que es el nombre de la lengua que siguen hablando sus descendientes.
Dicho esto, me encantaría saber qué reflexiones suscita este relato a los navegantes que, alguna que otra vez, recalan, aunque sea brevemente, en este blog.
Un cuento es como el viento, viene de un lugar lejano, y lo sentimos. //Kabbo
jueves, 8 de noviembre de 2007
martes, 30 de octubre de 2007
MEMORIAS DE IDHÚN
Ha llegado el momento de devolverle a mi sobrina los libros de Memorias de Idhún de Laura Gallego. Son suyos, así que tampoco los puedo acaparar. Pero no quería abandonarlos sin hablar de un momento realmente especial para mí porque habla de la importancia de la narración oral.
Y lo sé: me puedo comprar otros, pero no serían los mismos que leí por primera vez... No sé si me entendéis.
El caso es que Memorias de Idhún habla de una profecía que anuncia que Idhún se podrá salvar del poder del malvado Ashrán y de los sheks gracias a la unión del último unicornio y del último dragón.
Los libros, a parte de cuestionarse el poder, la eficacia y la manipulación de las profecías por parte de los sacerdotes, magos y demás, habla de lo que nos apasiona siempre: la lucha del bien y el mal, lo real y lo fantástico, la amistad, el amor, los celos y la fuerza de las ideas.
Digo esto para poneros en antecedentes sobre el momento en el que la narración oral, aquella que hace que la fe encienda los corazones en los momentos de crisis, cobra especial importancia.
Para entender la cita imaginaos un desierto, la dureza de la vida en él, la opresión ejercida por unos jefecillos tiránicos y... por consiguiente... la necesidad de alimentar la esperanza de una vida mejor... Así, cuando leáis el momento en el que Kimara relata la historia de aquella que ha conocido al dragón y que ha recibido la magia del unicornio, podréis entender porque tiene los ojos de fuego y porque enciende la llama de todos los que la escuchan. Porque el relato surge de la necesidad de contar y de la necesidad de escuchar. Y eso, es algo que yo también he vivido.
Memorias de Idhún II. La Tríada
Laura Gallego
Ed. Sm. Madrid 2005
Pag. 316 -317
"Shail y Zaisei se sentaron en un rincón, el uno junto al otro, y escucharon la historia que Kimara había ido a contar a aquel lugar. Llena de entusiasmo, la joven de los ojos de fuego contó una vez más cómo había conocido a Jack y a Victoria en un campamento limyati; cómo los había acompañado a través del desierto, evitando a las serpientes, en dirección a Awinor. Relató todos los detalles del viaje, sí, pero también habló del carácter y la determinación del muchacho dragón, de la serenidad y la valentía de la chica unicornio, y del intenso amor que los unía a ambos.
"-Jack me pidió que acudiera al norte, a Nandelt -concluyó Kimara-, para decir a todo el mundo que el dragón y el unicornio han regresado y que pronto se enfrentarán a Ashran y a los sheks. En Nandelt, el príncipe Alsan ha iniciado una rebelión para reconquistar los reinos humanos. Muy pronto viajaré hasta allí para unirme a él. Pero antes -añadió, clavando en la concurrencia la intensa mirada de sus ojos rojizos- quería decir a mi gente, a las gentes de Kash-Tar, las gentes del desierto, que la magia ha regresado al mundo, y ha sido aquí, en nuestra tierra. Que, por una vez en la historia, los yan, los hijos de Aldun, no hemos sido los últimos... sino los primeros."
Y lo sé: me puedo comprar otros, pero no serían los mismos que leí por primera vez... No sé si me entendéis.
El caso es que Memorias de Idhún habla de una profecía que anuncia que Idhún se podrá salvar del poder del malvado Ashrán y de los sheks gracias a la unión del último unicornio y del último dragón.
Los libros, a parte de cuestionarse el poder, la eficacia y la manipulación de las profecías por parte de los sacerdotes, magos y demás, habla de lo que nos apasiona siempre: la lucha del bien y el mal, lo real y lo fantástico, la amistad, el amor, los celos y la fuerza de las ideas.
Digo esto para poneros en antecedentes sobre el momento en el que la narración oral, aquella que hace que la fe encienda los corazones en los momentos de crisis, cobra especial importancia.
Para entender la cita imaginaos un desierto, la dureza de la vida en él, la opresión ejercida por unos jefecillos tiránicos y... por consiguiente... la necesidad de alimentar la esperanza de una vida mejor... Así, cuando leáis el momento en el que Kimara relata la historia de aquella que ha conocido al dragón y que ha recibido la magia del unicornio, podréis entender porque tiene los ojos de fuego y porque enciende la llama de todos los que la escuchan. Porque el relato surge de la necesidad de contar y de la necesidad de escuchar. Y eso, es algo que yo también he vivido.
Memorias de Idhún II. La Tríada
Laura Gallego
Ed. Sm. Madrid 2005
Pag. 316 -317
"Shail y Zaisei se sentaron en un rincón, el uno junto al otro, y escucharon la historia que Kimara había ido a contar a aquel lugar. Llena de entusiasmo, la joven de los ojos de fuego contó una vez más cómo había conocido a Jack y a Victoria en un campamento limyati; cómo los había acompañado a través del desierto, evitando a las serpientes, en dirección a Awinor. Relató todos los detalles del viaje, sí, pero también habló del carácter y la determinación del muchacho dragón, de la serenidad y la valentía de la chica unicornio, y del intenso amor que los unía a ambos.
"-Jack me pidió que acudiera al norte, a Nandelt -concluyó Kimara-, para decir a todo el mundo que el dragón y el unicornio han regresado y que pronto se enfrentarán a Ashran y a los sheks. En Nandelt, el príncipe Alsan ha iniciado una rebelión para reconquistar los reinos humanos. Muy pronto viajaré hasta allí para unirme a él. Pero antes -añadió, clavando en la concurrencia la intensa mirada de sus ojos rojizos- quería decir a mi gente, a las gentes de Kash-Tar, las gentes del desierto, que la magia ha regresado al mundo, y ha sido aquí, en nuestra tierra. Que, por una vez en la historia, los yan, los hijos de Aldun, no hemos sido los últimos... sino los primeros."
domingo, 14 de octubre de 2007
ESCUCHANDO EL VIENTO DE /HAN=KASS'O
En el encabezamiento de este blog se alude a las palabras de //Kabbo, el narrador /xam que dijo que un cuento es como el viento, viene de un lugar lejano, y lo sentimos. Esta semana he estado recorriendo una parte considerable del territorio de los bosquimanos /xam, y me he visto de forma casi constante expuesto a ese viento. A menudo soplaba del sureste, y era un viento áspero y frío, que te obligaba a resguardarte, si es que tenías dónde, dado que buena parte de esa tierra es llana y no ofrece muchos abrigos.
Pero al salir de la granja Arbeidsvreugd, donde está la charca //Xara-//kam (Bitterpits, "Pozo Amargo"), el corazón del territorio dei que //Kabbo era custodio, también experimenté el suave viento del norte, sobre el que /Han=kass'o, el yerno de //Kabbo, dijo que le invitaba a quitarse el manto de piel y dejarlo en el suelo, porque es un viento agradable. /Han=kass'o dijo también que el viento del norte era su propio viento.
A mi amigo Neil Rusch y a mí el viento de /Han=kass'o nos acompañó mientras nos alejábamos de //Xara-//kam en dirección este, hacia la Montaña del Estelión, que en los mapas aparece como Strandberg.
Pero al salir de la granja Arbeidsvreugd, donde está la charca //Xara-//kam (Bitterpits, "Pozo Amargo"), el corazón del territorio dei que //Kabbo era custodio, también experimenté el suave viento del norte, sobre el que /Han=kass'o, el yerno de //Kabbo, dijo que le invitaba a quitarse el manto de piel y dejarlo en el suelo, porque es un viento agradable. /Han=kass'o dijo también que el viento del norte era su propio viento.
A mi amigo Neil Rusch y a mí el viento de /Han=kass'o nos acompañó mientras nos alejábamos de //Xara-//kam en dirección este, hacia la Montaña del Estelión, que en los mapas aparece como Strandberg.
Cuenta un relato /xam que hace mucho tiempo, el Estelión (un tipo de lagarto) viajaba hacia el sur, para acampar en las dunas rojas, entre las que se formaban charcos poco profundos. Pero las montañas lo atraparon, y lo partieron en dos.
Mientras nosotros mismos no dirigíamos allí en el todoterreno de Neil, la cercanía de la montaña nos animó a comentar esta historia. Al cabo de un rato paramos para fotografiarla, y aprovechamos para echar mano de un ejemplar de Specimens of Bushman Folklore de Bleek y Lloyd y discutir algunos detalles del mito. Mientras lo hacíamos, el viento de /Han=kass'o, que fue quien contó esa historia a Lucy Lloyd en 1879, nos envolvía.
El día antes, en la granja, habíamos visitado el que muy probablemente era el campamento principal de //Kabbo y los suyos. También fuimos a ver la piedra blanca que /Han=kass'o describió con precisión a Lucy Lloyd, y que está a pocos kilómetros del campamento. No pude resistir la tentación de sentarme en ella, a esperar, como dice //Kabbo en el testimonio aludido más arriba, a que el viento me trajera historias que vienen de lejos...
El día antes, en la granja, habíamos visitado el que muy probablemente era el campamento principal de //Kabbo y los suyos. También fuimos a ver la piedra blanca que /Han=kass'o describió con precisión a Lucy Lloyd, y que está a pocos kilómetros del campamento. No pude resistir la tentación de sentarme en ella, a esperar, como dice //Kabbo en el testimonio aludido más arriba, a que el viento me trajera historias que vienen de lejos...
martes, 9 de octubre de 2007
MIGRAÑA
Cuando tenía 19 años o así, me diagnosticaron migrañas. Saber que esos horribles dolores de cabeza que padecía tenían un nombre no les restaba intensidad, pero caray ¡no era la única! Podía estar tranquila: no tenía un derrame cerebral, ni problemas de visión, ni me estaba volviendo loca... ¡sólo migrañas!
Con los años sigo teniendo migrañas, pero van perdiendo intensidad (cruzo los dedos). El médico me dijo que, en la mayoría de los casos, desaparecen con la vejez. Bueno, o se sustituyen por otros males -digo yo-pero eso será otra cuestión.
Hace poco me he terminado de leer un libro de Oliver Sacks que se llama precisamente Migraña. Esperaba que me aportara alguna fórmula mágica, pero debo de decir que no ha sido así, supongo que es que no la hay.
Al menos, el libro es ameno y divertido; no podía ser de otra manera con Oliver Sacks, uno de esos médicos humanistas que sabe muchas cosas y las hace comprensibles para todos.
Si cuando conseguí nombrar a mi dolor de cabeza, me consolé pensando que aquello era "normal", ahora, después de leer el libro, pienso: "¡Vaya, qué suerte, aún no he llegado a esos extremos!".
Hay muchos casos que cuenta que parecen pura literatura, son hasta bonitos, pero... ¿alguién quiere padecerlos?
"Comenzó con el papel de la pared, que de pronto pareció brillar como la superficie del agua cuando se agita. Pocos minutos después, esto se acompañó de una vibración en la mano derecha, como si estuviese apoyada sobre la caja sonora de un piano. Luego, puntos, destellos, que se movían lentamente a través del campo visual. Parecían motivos de alfombras turcas, que cambiaban repentinamente. Imágenes de flores que formaban rayos continuamente, y se dispersaban. Todo se fragmentaba y se multiplicaba: burbujas que avanzaban hacia mí, aberturas que abrían y cerraban laberintos. Cuando cerraba los ojos, estas imágenes se volvían deslumbrantes, pero seguían siendo visibles. Con los ojos abiertos se desvanecían un poco. Duraron veinte o treinta minutos, y las sustituyó un terrible dolor de cabeza" (pag. 118)
Bonito, ¿eh?
Este es un poco más terrorífico:
"(...) Durante estos ataques parece desaparecerle el lado izquierdo de su cuerpo, y también todo lo que se ve de ese lado. Dice: 'Ya no hay nada más allí, sólo una laguna, un agujero.' Una laguna en su campo visual, en su cuerpo, en el universo mismo, y durante ese estado no puede estar de pie, y tiene que sentarse antes de que la cosa empeore. Experimenta asimismo un sentimiento de terror mortal, siente que el 'agujero' es la muerte, y que algún día se hará tan grande que se la 'tragará' por completo. Durante la infancia ya había padecido estos ataques, pero cuando los describía la llamaban 'mentirosa'.
En los ataques graves no sólo es la parte izquierda de su cuerpo la que parece desaparecer, sino que se siente confundida respecto a todo su cuerpo, y no está segura de dónde están las cosas... ni de lo que son.
Se siente irreal (éste es uno de los motivos de su temor a ser engullida). En esos ataques graves puede incluso no entender lo que ve (agnosia visual) y suele ser incapaz de reconocer los rostros familiares. Los rostros de las personas conocidas le parecen 'diferentes' o, lo que es más habitual, ve a la gente 'sin cara', con rasgos carentes de expresión alguna (prosopagnosia). En los peores ataques, esto se extiende también a las voces: las oye, pero pierden su tonalidad y su 'carácter'. Se trata de una especie de agnosia auditiva.
Estas privaciones de la sensación alcanzan la oscuridad y el silencio absoluto (...), y la paciente parece perder el conocimento, aunque se trata de una disolución sensitiva en la que ella se hunde progresivamente hasta quedar completamente insensible. No es sorprendente, pues, que estos ataques tan espantosos y vividos se asocien a la muerte." (pag. 128-129)
Ambos casos están extractados de:
Migraña de Oliver Sacks
Edit. Anagrama
Barcelona, 1992
Con los años sigo teniendo migrañas, pero van perdiendo intensidad (cruzo los dedos). El médico me dijo que, en la mayoría de los casos, desaparecen con la vejez. Bueno, o se sustituyen por otros males -digo yo-pero eso será otra cuestión.
Hace poco me he terminado de leer un libro de Oliver Sacks que se llama precisamente Migraña. Esperaba que me aportara alguna fórmula mágica, pero debo de decir que no ha sido así, supongo que es que no la hay.
Al menos, el libro es ameno y divertido; no podía ser de otra manera con Oliver Sacks, uno de esos médicos humanistas que sabe muchas cosas y las hace comprensibles para todos.
Si cuando conseguí nombrar a mi dolor de cabeza, me consolé pensando que aquello era "normal", ahora, después de leer el libro, pienso: "¡Vaya, qué suerte, aún no he llegado a esos extremos!".
Hay muchos casos que cuenta que parecen pura literatura, son hasta bonitos, pero... ¿alguién quiere padecerlos?
"Comenzó con el papel de la pared, que de pronto pareció brillar como la superficie del agua cuando se agita. Pocos minutos después, esto se acompañó de una vibración en la mano derecha, como si estuviese apoyada sobre la caja sonora de un piano. Luego, puntos, destellos, que se movían lentamente a través del campo visual. Parecían motivos de alfombras turcas, que cambiaban repentinamente. Imágenes de flores que formaban rayos continuamente, y se dispersaban. Todo se fragmentaba y se multiplicaba: burbujas que avanzaban hacia mí, aberturas que abrían y cerraban laberintos. Cuando cerraba los ojos, estas imágenes se volvían deslumbrantes, pero seguían siendo visibles. Con los ojos abiertos se desvanecían un poco. Duraron veinte o treinta minutos, y las sustituyó un terrible dolor de cabeza" (pag. 118)
Bonito, ¿eh?
Este es un poco más terrorífico:
"(...) Durante estos ataques parece desaparecerle el lado izquierdo de su cuerpo, y también todo lo que se ve de ese lado. Dice: 'Ya no hay nada más allí, sólo una laguna, un agujero.' Una laguna en su campo visual, en su cuerpo, en el universo mismo, y durante ese estado no puede estar de pie, y tiene que sentarse antes de que la cosa empeore. Experimenta asimismo un sentimiento de terror mortal, siente que el 'agujero' es la muerte, y que algún día se hará tan grande que se la 'tragará' por completo. Durante la infancia ya había padecido estos ataques, pero cuando los describía la llamaban 'mentirosa'.
En los ataques graves no sólo es la parte izquierda de su cuerpo la que parece desaparecer, sino que se siente confundida respecto a todo su cuerpo, y no está segura de dónde están las cosas... ni de lo que son.
Se siente irreal (éste es uno de los motivos de su temor a ser engullida). En esos ataques graves puede incluso no entender lo que ve (agnosia visual) y suele ser incapaz de reconocer los rostros familiares. Los rostros de las personas conocidas le parecen 'diferentes' o, lo que es más habitual, ve a la gente 'sin cara', con rasgos carentes de expresión alguna (prosopagnosia). En los peores ataques, esto se extiende también a las voces: las oye, pero pierden su tonalidad y su 'carácter'. Se trata de una especie de agnosia auditiva.
Estas privaciones de la sensación alcanzan la oscuridad y el silencio absoluto (...), y la paciente parece perder el conocimento, aunque se trata de una disolución sensitiva en la que ella se hunde progresivamente hasta quedar completamente insensible. No es sorprendente, pues, que estos ataques tan espantosos y vividos se asocien a la muerte." (pag. 128-129)
Ambos casos están extractados de:
Migraña de Oliver Sacks
Edit. Anagrama
Barcelona, 1992
domingo, 30 de septiembre de 2007
ELIAS CANETTI
En esta exposición se reflexiona sobre el pensamiento y la obra de Canetti, sobre el poder de la masa, pero también de las palabras y del lenguaje.
Canetti habitó muchas lenguas: el español sefardí, el búlgaro, que curiosamente olvidó, el inglés y, sobre todo, el alemán.
Las mujeres que amó, los libros que se pasearon por su vida y los acontecimientos que le tocó vivir - transcendentales porque Canetti vivió de 1905-1994- se nos muestran en imágenes y paneles que, aunque afortunadamente no pueden resumir toda una vida, nos adentran en el pensamiento de este escritor del s. XX.
Somos lo que comemos, sí, pero también lo que leemos, y hay escritores que nos son tan cercanos y queridos que no seriamos los mismos sin ellos, a Jose le ocurre eso con Elias Canetti, por eso, y aunque se encuentra en Suráfrica, no he querido dejar de preguntarle cómo surgió esa pasión y de que manera le ha influido.
Jose: Descubrí la obra de Canetti a través de su primer libro, la novela "Auto de fe", una obra maestra de la estética de lo grotesco y lo extremo. Sentí la necesidad de leer más sobre el autor, y devoré uno tras otro aquellos de sus libros que entonces se habían traducido. Mi vocación, y la persona que soy ahora, nacen de la impresión que me causó uno de sus ensayos breves, "La profesión de escritor", donde recomienda al aspirante a escritor empaparse de mitos de los llamados pueblos primitivos. Que el hombre que había escrito "Auto de fe" pudiera dar ese consejo le conferia a este más autoridad todavía, así que lo seguí. Uno de los primeros libros que adquirí y leí siguiendo esa recomendación fue "Specimens of Bushman Folklore" de Bleek y Lloyd. Si en estos momentos estoy en Suráfrica es, entre otros motivos, para intentar encontrar un sentido a toda la hermosura y el dolor que me han acompañado desde que leí ese libro.
Helena: Por lo que a mí respecta, os quiero dejar con un texto de Canetti que habla de historias de lobos - tema que de por sí ejerce una poderosa atracción sobre mí - y en el que habla de la importancia de los relatos, de los cuentos, y de la curiosa manera como los recuerda nuestra memoria.
ELIAS CANETTI
La lengua salvada
Pag. 31-32
Edit. DeBolsillo 2005
"Algunos años excepcionales el Danubio se helaba en invierno y la gente contaba historias fabulosas sobre el fenómeno. En su juventud, mi madre cruzó varias veces en trineo a Rumania y me enseñaba las pielas en las que había ido arropada. Cuando el frío, arreciaba, los lobos bajaban de las montañas y, hambrientos, atacaban a los caballos de los trineos. El cochero intentaba ahuyentarlos a latigazos, pero eso no servía de nada y tenía que disparar contra ellos. En una de esas excursiones resultó que no se había llevado ningún arma. Un circasiano armado que vivía en casa como criado tendría que haber acompañado el trineo, pero no se había presentado y el cochero partió sin él. Fue muy difícil rechazar a los lobos y el peligro fue enorme. Si no hubiera venido casualmente de frente un trineo con dos hombres que mataron a tiros a un lobo y ahuyentaron a los demás el desenlace hubiera sido fatal. Mi madre pasó mucho miedo, describía las lenguas rojas de los lobos, que llegaron a acercársele tanto que aún años más tarde soñaba con ellos.
Yo le pedía a menudo que me contara esa historia y ella lo hacía de buena gana. Así los lobos fueron los primeros animales salvajes que poblaron mi imaginación. El temor a ellos estaba alimentado por los cuentos que oía contar a las muchachas campesinas búlgaras. Cinco, seis de ellas vivían siempre en nuestra casa. Eran muy jóvenes, tenían quizá diez o doce años, y habían sido traídas por sus familias de los pueblos a la ciudad, donde las colocaban de criadas en las casas de los burgueses. Andaban descalzas por la casa y siempre estaban de buen humor, no tenían mucho que hacer, y lo hacían juntas; fueron mis primeras compañeras de juego.
Por la noche, cuando mis padres salían, yo me quedaba en casa con ellas. A lo largo de las paredes de la gran sala de estar había sofás turcos bajos. Aparte de las alfombras que se extendían por todas partes y de algunas mesas pequeñas, eran, que yo recuerde, los únicos muebles permanentes de esa habitación. Cuando oscurecía las muchachas sentían miedo. Nos apiñábamos todos en uno de los sofás, junto a la ventana, yo en el medio, y entonces empezaban a contar sus historias de hombres-lobo y vampiros. Apenas terminaba una cuando empezaban con la siguiente, era horripilante, y sin embargo yo, apretado contra las chicas por todas partes, me sentía muy bien. Teníamos tanto miedo que nadie se atrevía a levantarse, y cuando mis padres regresaban a casa nos encontraban temblando amontonados.
De los cuentos que oí solo recuerdo los que trataban de vampiros y hombres-lobo. Quizá no me contaran otros. No puedo coger un libro de cuentos de los Balcanes sin reconocer inmediatamente alguno de ellos. Los tengo presentes con todos los detalles, aunque no en la lengua en que los oí. Los oí en búlgaro, pero los conozco en alemán esta misteriosa traducción es quizá lo más curioso que tengo que relatar de mi juventud, y como el destino lingüístico de la mayoría de los niños transcurre de otra manera debería decir algo más sobre esto. (...)"
La exposición se puede visitar en Barcelona hasta el 10 de noviembre de 2007 en:
Centro Cultural Fundación Círculo de Lectores
Consell de Cent, 323
Barcelona
Horario: de lunes a viernes de 10 a 20 h.
sábados de 11 a 14 y de 17 a 20 h.
domingos y festivos, cerrado.
domingo, 2 de septiembre de 2007
LAS HISTORIAS Y LOS FUNCIONARIOS
La semana pasada Jose y yo vimos una película que nos impactó mucho "La vida de los otros" de Florian Henckel Von Donnersmarck. Aún sigue en cartelera, o sea que recomiendo a todos los que aún no la hayan visto que no esperen más. La acción transcurre en 1984 en la República Democrática Alemana; la dictadura comunista a través de su aparato controlador, la Stasi, vigila a todos los ciudadanos susceptibles de tener afinidades políticas pro-occidentales. Pero ¿qué ocurre cuando el que vigila, el espía de la vida de los otros, escucha y se inmiscuye en las vidas de los espiados? ¿Puede permanecer indiferente a todo lo que ve y siente desde su silencioso escondrijo?
Curiosamente esta película me evocó un libro de Mircea Eliade El viejo y el funcionario. En la calle Mantuleasa. En este caso la acción transcurre en Budapest, pero también el aparato del Estado intenta controlar la vida de sus ciudadanos a través de todas sus historias. Escucharlas, transcribirlas, analizarlas, despedazarlas para etiquetarlas y limpiarlas de toda sospecha. Exactamente igual que en "La Vida de los otros".
Sin embargo, las historias, igual que la vida de las personas, tienen infinidad de ramificaciones, unas llevan a otras, y no se pueden entender si antes no se conoce la evocación de tal lugar o la relación de tal persona con tal otra. Las historias atrapan a los funcionarios del Estado, les enredan y les llevan de un lugar a otro. Luchan por evitar el etiquetaje y discurren por sinuosos vericuetos que son viajes auténticos al territorio del mito, de la leyenda y de la propia historia del individuo.
El viejecito de la novela de Mircea, Farama, es sistemáticamente interrogado por un ejército de funcionarios que se sienten subyugados por las historias que cuenta pero desbordados por ellas.
Tanto en la novela, como en la película que comentaba, como en la vida que nos toca vivir, cuando el caos y la falta de libertades amenazan nuestras identidades individuales, siempre, siempre, siempre, nos queda el incontrolable y poderoso terreno de la Narración.
"- Farama - interrumpió Ana Vogel-, beba usted el champán porque se calienta.
Farama inclinó con respeto la cabeza y se bebió toda la copa de un solo trago. Después se levantó, se inclinó varias veces, colocó la copa en la mesita y volvió a sentarse en el sillón.
- Y ahora, mientras no se pierda en historias -continuó Ana Vogel-, quiero que sepa que sí me gustan todos sus relatos, especialmente me gustaría saber lo que le ocurrió a Oana, con su marido el estoniano y con Lixandru...
- Allí quería también yo llegar - empezó Farama, sonriendo confuso-, porque en su boda, el doctor habló de sus peripecias y a través de esa boda se anudan muchas aventuras. Pero, para que comprenda bien, tiene usted que saber que Lixandru había hecho amistad con un joven algo mayor que él, de unos veinte años, Dragomir Calomfirescu. Les gustaba pasear durante la noche por las calles solamente ellos dos y hablando poco. Porque Dragomir era por naturaleza callado y meláncolico, y Lixandru, cuando no empezaba a recitar versos, tampoco hablaba. Y en una noche, después de haberse paseado bastante tiempo callados, Lixandru exclamó de repente: "Si supiera adónde llegó la saeta y dónde se encuentra Iozi, ¡lo sabría todo! "Dragomir no conocía más que fragmentos de todas estas historias y Lixandru se las relató por entero. Cuando terminó, Dragomir sonrió con amargura y dijo: "Durante mi infancia, no tuve la suerte de vivir esas raras aventuras. Todo lo que ha sido extraño y extraordinario en mi vida, me ocurrió antes de nacer y después, más tarde cuando ya no era un niño. Pero recuerdo, sin embargo, un detalle: cuando tenía unos ocho años, tuve la escarlatina y fui internado en el hospital. Me daban toda clase de libros con cuentos y aventuras. Probablemente las he leído todas, pero las he olvidado. Aunque no olvidaré nunca un cuento de Carmen Sylva, el cual no llegué a terminar porque en aquella mañana salí del hospital y todos los libros que fueron tocados por mí, como no los podían desifectar los quemaron. En verdad, de aquel cuento sólo recuerdo fragmentos aislados y quizá sin importancia: una muchacha extraordinariamente hermosa, que iba montada sobre un elefante blanco, un templo antiguo en algún lugar de la India. Eso es todo, pero para mí es el más precioso recuerdo de infancia. Años seguidos luché para encontrar el libro y terminar de leer el cuento empezado en el hospital. Pero ahora estoy seguro que no voy a descubrir jamás quién era aquella muchacha tan hermosa, que iba montada en un elefante blanco y que buscaba en un templo indio... Tú has aprendido el hebreo para comprender una aventura de infancia. Has hecho muy bien, pero ten cuidado: párate ahí..." Subrayó con tanta fuerza las palabras que Lixandru se paró y le preguntó: "¿Qué quieres decir?".
EL VIEJO Y EL FUNCIONARIO. EN LA CALLE MANTULEASA
Mircea Eliade
Edit. Laia. Abril 1984
pp 70-71
Curiosamente esta película me evocó un libro de Mircea Eliade El viejo y el funcionario. En la calle Mantuleasa. En este caso la acción transcurre en Budapest, pero también el aparato del Estado intenta controlar la vida de sus ciudadanos a través de todas sus historias. Escucharlas, transcribirlas, analizarlas, despedazarlas para etiquetarlas y limpiarlas de toda sospecha. Exactamente igual que en "La Vida de los otros".
Sin embargo, las historias, igual que la vida de las personas, tienen infinidad de ramificaciones, unas llevan a otras, y no se pueden entender si antes no se conoce la evocación de tal lugar o la relación de tal persona con tal otra. Las historias atrapan a los funcionarios del Estado, les enredan y les llevan de un lugar a otro. Luchan por evitar el etiquetaje y discurren por sinuosos vericuetos que son viajes auténticos al territorio del mito, de la leyenda y de la propia historia del individuo.
El viejecito de la novela de Mircea, Farama, es sistemáticamente interrogado por un ejército de funcionarios que se sienten subyugados por las historias que cuenta pero desbordados por ellas.
Tanto en la novela, como en la película que comentaba, como en la vida que nos toca vivir, cuando el caos y la falta de libertades amenazan nuestras identidades individuales, siempre, siempre, siempre, nos queda el incontrolable y poderoso terreno de la Narración.
"- Farama - interrumpió Ana Vogel-, beba usted el champán porque se calienta.
Farama inclinó con respeto la cabeza y se bebió toda la copa de un solo trago. Después se levantó, se inclinó varias veces, colocó la copa en la mesita y volvió a sentarse en el sillón.
- Y ahora, mientras no se pierda en historias -continuó Ana Vogel-, quiero que sepa que sí me gustan todos sus relatos, especialmente me gustaría saber lo que le ocurrió a Oana, con su marido el estoniano y con Lixandru...
- Allí quería también yo llegar - empezó Farama, sonriendo confuso-, porque en su boda, el doctor habló de sus peripecias y a través de esa boda se anudan muchas aventuras. Pero, para que comprenda bien, tiene usted que saber que Lixandru había hecho amistad con un joven algo mayor que él, de unos veinte años, Dragomir Calomfirescu. Les gustaba pasear durante la noche por las calles solamente ellos dos y hablando poco. Porque Dragomir era por naturaleza callado y meláncolico, y Lixandru, cuando no empezaba a recitar versos, tampoco hablaba. Y en una noche, después de haberse paseado bastante tiempo callados, Lixandru exclamó de repente: "Si supiera adónde llegó la saeta y dónde se encuentra Iozi, ¡lo sabría todo! "Dragomir no conocía más que fragmentos de todas estas historias y Lixandru se las relató por entero. Cuando terminó, Dragomir sonrió con amargura y dijo: "Durante mi infancia, no tuve la suerte de vivir esas raras aventuras. Todo lo que ha sido extraño y extraordinario en mi vida, me ocurrió antes de nacer y después, más tarde cuando ya no era un niño. Pero recuerdo, sin embargo, un detalle: cuando tenía unos ocho años, tuve la escarlatina y fui internado en el hospital. Me daban toda clase de libros con cuentos y aventuras. Probablemente las he leído todas, pero las he olvidado. Aunque no olvidaré nunca un cuento de Carmen Sylva, el cual no llegué a terminar porque en aquella mañana salí del hospital y todos los libros que fueron tocados por mí, como no los podían desifectar los quemaron. En verdad, de aquel cuento sólo recuerdo fragmentos aislados y quizá sin importancia: una muchacha extraordinariamente hermosa, que iba montada sobre un elefante blanco, un templo antiguo en algún lugar de la India. Eso es todo, pero para mí es el más precioso recuerdo de infancia. Años seguidos luché para encontrar el libro y terminar de leer el cuento empezado en el hospital. Pero ahora estoy seguro que no voy a descubrir jamás quién era aquella muchacha tan hermosa, que iba montada en un elefante blanco y que buscaba en un templo indio... Tú has aprendido el hebreo para comprender una aventura de infancia. Has hecho muy bien, pero ten cuidado: párate ahí..." Subrayó con tanta fuerza las palabras que Lixandru se paró y le preguntó: "¿Qué quieres decir?".
EL VIEJO Y EL FUNCIONARIO. EN LA CALLE MANTULEASA
Mircea Eliade
Edit. Laia. Abril 1984
pp 70-71
domingo, 26 de agosto de 2007
BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE.
Este mes de agosto estuvimos pasando un par de semanas en Nueva York, esa ciudad fascinante y bulliciosa de la que se dice que "nunca duerme". Jose ha ido en repetidas ocasiones y ha estudiado allí durante cerca de año y medio, pero para mí era la primera vez. Me ha gustado todo: los rascacielos, el tráfico incesante, los escaparates de las tiendas, los impresionantes museos, el día y la noche paseando por el puente de Brooklyn... Sí, me ha gustado todo, sobre todo los contrastes. El pensar que en esa ciudad, en nuestro mundo, todo es posible. Incluso sentirse solo, en medio de enormes rascacielos, por eso hemos escogido para nuestra entrada a un personaje fascinante en su repetición y aparentemente anodina vida: Bartleby, el escribiente.

"¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar su trabajo y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial encargo, y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría no hacerlo, en otras palabras, que rehusaría de modo terminante.
Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby. Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una valiosa adquisición. En primer lugar, siempre estaba ahí, el primero por la mañana, durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su honestidad. Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente seguros en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas cóleras contra él. Puer era muy difícil no olvidar nunca esas raras peculiaridades, privilegios y excepciones inauditas que formaban las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby seguía en la oficina. A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes, distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el dedo, digamos, en el nudo incipiente de un cordón colorado con el que estaba atando unos papeles. Detrás del biombo resonaba la consabida respuesta: Preferiría no hacerlo. Y entonces, ¿cómo era posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra naturaleza dejara de contestar con amargura a una perversidad semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo, cada nueva repulsa de esta clase tendía a disminuir las posibilidades de que yo repitiera la distracción.
Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con oficinas en edificios densamente habitados, la puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer que vivía en la buhardilla, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y diariamente barría y sacudía el departamento; Turkey tenía otra, la tercera yo solía llevarla en mi bolsillo y la cuarta no sé quién la tenía.
Ahora bien, un domingo de mañana, se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a un famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi oficina. Felizmente llevaba mi llave, pero al meterla en la cerradura, encontré resistencia en la parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y un raro y andrajoso deshabillé.Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que preferiría no recibirme por el momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y que entonces habría terminado sus tareas.
La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un domingo, con su cadavérica indiferencia caballeresca, pero tan firme y tan seguro de sí, tuvo tan extraño efecto, que de inmediato me retiré de mi puerta y cumplí sus deseos. Pero no sin variados pujos de inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba. Porque considero que es una especie de cobarde el que tranquilamente permite a su dependiente asalariado que le dé órdenes y que lo expulse de sus dominos. Además, yo estaba lleno de dudas sobre lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina, en mangas de camisa y todo deshecho, un domindo de mañana. ¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba descartado. No podía pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral. Pero, ¿qué podría estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico que fuera Bartleby, era notoriamente decente. Era la última persona para sentarse en su escritorio en un estado vecino a la desnudez. Además, era domingo y había algo en Bartleby que prohibía suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.
Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía, miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; en el hogar vacío, una caja de pasta y un cepillo; en una silla, una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa; en un diario, unas migas de bizcochos de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí.
Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande; pero su soledad, ¡qué terrible! Piensen.
Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada día es una desolación. Este edificio, también, que en los días de semana bulle de animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado.
¡Y es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto poblada - una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!
Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no desagradables. Ahora, el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán. Recordé las sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto ese día, bogando como cisnes por el Misisipí de Broadway y los comparé al pálido copista, reflexionando: Ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el undo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe. "
Bartleby el escribiente
Herman Melville
traducción de Jorge Luis Borges
José Manuel: Transcurridos casi veinte años me resulta extraño, pero lo cierto es que durante mis propias soledades neoyorquinas, en 1989, cuando acaba de llegar allí para cursar estudios de literatura comparada en la Universidad de Columbia, Melville y su "Bartleby" fueron muy importantes para mí. Mi primer trabajo para el títul0 de Master of Arts se lo dediqué a este texto tardío del autor, que comparé con sus dos primeras novelas, Typee y Omoo. El eje de mi ensayo era una comentario que había hecho Luis Izquierdo en una de sus clases de Estudios Literarios, a las que asistí cuando cursaba filología en la Universidad de Barcelona: "Bartleby desiste de actuar en el paraíso de la acción". Y, en efecto, todavía hoy Nueva York es, ante todo, eso: el paraíso de la acción. Hacia el final de mi trabajo, yo decía:
"La Wall Street a la que pertenece Bartley es un mundo estéril en el que el frenesí de la superficie oculta la intensa parálisis moral e intelectual que acecha en el alma de cada inviduo. Como el Tahití que se describe en Omú, la Wall Street de «Bartleby» es un mundo espiritualmente enfermo. Las excentricidades de Nipper y Turkey no son sino síntomas de esta descomposición. La frenética existencia que se ven obligados a llevar para ganarse el sustento es tan incompatible con el desarrollo intelectual como lo era el paradisíaco Typee para el narrador de esa obra."
Una de mis grandes paradojas como individuo es que sigo suscribiendo estas palabras a pesar de que, con el paso de los años, he terminado por encontrar en Manhattan (de la que Wall Street no es sino un epítome) mi más genuino paraíso.
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