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jueves, 15 de junio de 2017

Una visita a Voltaire y Rousseau

Os dejamos una entrevista divertida de Jose en la radio sobre el libro de Boswell para el que tradujo y seleccionó los textos. 

Está editado por Ediciones UDP, Colecciones Vidas Ajenas. Y es una joya para viajar al siglo XVIII y divertirse visitando a Rosseau y Voltaire. 

Boswell entonces era un jovencito de veinticuatro años que viajaba por Europa y se dedicaba a entrevistarse con famosos (como quién ahora se saca fotos), pero tiene una capacidad enorme para retratarlos en su casa y sin tapujos. Así nos deja perlas como esta:

Cuando va a visitar a Voltaire por primera vez le pregunta si todavía hablaba inglés.
Él respondió:
 -No, Para hablar inglés hay que poner la lengua entre los dientes, y a mí ya no me quedan dientes. 
Podéis escuchar la entrevista en este podscat. 



Más información sobre el libro AQUÍ

martes, 1 de noviembre de 2016

La historia y el juego de Sameraaltjie




Hace más de cinco años cuando se inició el proyecto de documentar la tradición del Alto Karoo, en Suráfrica, este fue uno de los primeros relatos que recogimos. Fue durante aquella primera entrevista a Katriena Swartz y Magdalena Beukes que grabamos en marzo de 2011, y que hemos descrito con cierto detalle en uno de nuestros artículos para Tantágora.

Las dos hermanas habían empezado contándonos cuentos de fantasmas. Después pasaron a otro tipo de relatos, pero en un momento dado parecía que se les habían acabado los cuentos, así que Katriena le sugirió a su hermana hablar de Sameraaltjie. Los siguientes minutos de narración fueron un tanto confusos, y Neil Rusch, que hacía las veces de intérprete, no terminó de entender de qué estaban hablando exactamente las hermanas.

Éstas, en su esfuerzo por aclararle las cosas, se interrumpían a menudo, y a veces, en la transcripción, resulta difícil separar sus palabras. Por eso, cuando recientemente edité este relato para su publicación (en un libro del que hablaremos próximamente en este blog), he hecho un texto compuesto que combina sus palabras. En todo caso, fue sólo entonces, con la transcripción delante, cuando he entendido que, más que contar un relato de fantasmas como los otros, las hermanas habían descrito un juego en el que los distintos participantes, al parecer tanto adultos como niños, se repartían los papeles de una historia en que la un niño llamado Sameraaltjie sufría toda clase de calamidades, hasta que moría. Pero no terminaba entonces el juego, porque el espíritu de Sameraaltjie se convertía en un fantasma que empezaba a aparecerse y perseguir a los otros participantes. En cierta ocasión, nos dijo Magdalena, ella y uno de sus hermanos se asustaron tanto que salieron a escape de la casa y su madre y otros adultos tuvieron que ir detrás de ellos para hacerlos volver. Ofrecemos aquí una versión ligeramente adaptada del texto que aparece en el libro y que, como se ha señalado más arriba, combina las voces de ambas hermanas.

Le teníamos un miedo horrible al pequeño Sameraaltjie, un fantasmita. ¡Menuda historia! Los mayores decían que era un juego, y lo jugábamos. 
Esto es sobre uno que está enfermo y entonces se muere. Y cuando se ha muerto, empieza a aparecerse a la gente. Bueno, es la madre y el niño, y el niño se llama Sameraaltjie. Viene la abuela, y la abuela pregunta: 
-¿Cómo le va a mi niño, al pequeño Sameraaltjie? 
Entonces [otro jugador] dice: 
-Vaya, pues está muy malo. 
Y así jugabas. 
Primero le caían unas tijeras en el pie, y después se ponía otra vez enfermo, y así es como se ponía tan malo. Y está muy mal, y después se muere. Y [así] juegas y juegas. 
Y entonces se ha muerto, y dicen:
-Ahora Sameraaltjie se aparece a la gente. 
Y señor, [una vez,] cuando dijeron "ahora se aparece a la gente", eché a correr y mi hermano también, salimos a escape. Y los mayores, mi madre y los demás, tuvieron que ir detrás de nosotros. ¡Como se lo cuento! 
Mire, así jugaban, que había un niño, ese Sameraaltjie, que se pone muy malo y se muere. Y eso lo ves, que se muere. Y cuando ha terminado de morirse, sale el espíritu. Entonces se te aparece y  te persigue.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Elias Lönnrot y los cantores de runas

Hace pocas semanas me invadió una honda nostalgia del breve periodo que Helena y yo pasamos en Finlandia entre finales de julio y principios de agosto de 2014 para participar en un simposio sobre narración en Karja, al sur del país. Terminado el simposio, aprovechamos la oportunidad para hacer un poco de turismo en Helsinki. 

A decir verdad, mi nostalgia se concentraba no en los edificios, museos y monumentos que visitamos, sino en esos dos o tres días que dedicamos a patear esa hermosa ciudad. Fue aquel un deambular desenfrenado en el que cada calle era un pequeño mundo a descubrir, cada plaza una invitación a hacer una pausa y sentarnos sobre la hierba.

Nos alojábamos en el Omena, un curioso establecimiento perteneciente a la cadena de ese nombre, que ofrece el último grito en hoteles impersonales. Carece de recepción y sus habitaciones, por lo demás muy aceptables, guardan cierto parecido con camarotes de barco. Con todo, consideramos de buen augurio que el hotel estuviera en la Lönnrotinkatu, es decir, en la calle dedicada a Elias Lönnrot (1802-1884), el folklorista-poeta que dio a su país esa obra fascinante, parte folklore auténtico, parte pura creación literaria, que es el Kalevala. Esta epopeya causó sensación cuando se publicó en 1835, en un momento en que, por distintos avatares de la historia, la lengua de la mayoría de la población era el finés, pero los funcionarios que administraban el país hablaban sueco y sus dueños absolutos, ruso.

En estas circunstancias, y en pleno auge de los nacionalismos europeos, la intelligentsia finlandesa estaba hondamente desconcertada y no sabía por qué cultura y qué lengua decantarse la hora de afirmar su nacionalidad. El Kalevala de Lönnrot, en el que elementos chamánicos propios de los pueblos del Ártico se combinan felizmente con un paganismo más próximo a las sensibilidades germánicas, les hizo finalmente decantarse por la cultura y la lengua finesas. Lo más curioso, sin embargo, era que hasta la llegada de Lönnrot esta epopeya (que en su versión definitiva de 1849 tiene 22.795 versos) no existía como tal, sino sólo en cantos narrativos aislados (llamados runas) que formaban parte de la tradición oral del campesinado de las regiones más remotas del país. 

A la mañana siguiente de establecernos en el hotel descubrimos a que, a pocos pasos, frente a una antigua iglesia, estaba la placita en la que un monumento de 1902 conmemora al Kalevala y su creador. La escultura, obra de Emil Wikström (1864-1943), muestra a Lönnrot sentado, anotando en su cuaderno un canto que le recita un anciano de larga barba que está arrodillado en el suelo. Ambas figuras tienen un tamaño mayor al natural.




Wikström no era Bernini, pero el monumento impresiona, entre otros motivos por su temática fuera de lo común. Mientras lo contemplaba me pregunté cuántos países podían jactarse de tener en su capital una escultura que muestre una escena semejante. Lönnrot está elegantemente vestido, y sólo las botas que calza indican que no está haciendo trabajo de campo en un arrabal de Helsinki sino en algún pueblo de la región de Carelia, en el interior. El anciano cantor, como he dicho, está arrodillado junto a él, y parece completamente transportado por su canto. De hecho, Lönnrot mismo también parece ensimismado, como cogido por sorpresa en una pausa de su trabajo de anotación, la mirada perdida en la lejanía, quizá pensando ya en la grandeza que su trabajo le iba a reportar a su patria. Puede incluso que el escultor le haya pillado en el momento de inspiración en que a Lönnrot se le ocurrió la genial idea de, como hacían algunos de sus informantes, enlazar unos cantares con otros para así crear no una antología o un corpus de runas, sino una especie de Mahabharata del norte.

Ese mismo día Helena y yo peregrinamos a la sede de la Suomalaisen Kirjallisuuden Seura o SKS, la Sociedad de la Literatura Finesa, que alberga los cuadernos de campo y otros manuscritos a partir de los cuales Lönnrot compuso el Kalevala. La SKS también alberga el archivo de cuentos tradicionales más antiguo de Europa, en el que trabajaron folkloristas como Kaarle Krohn (1863-1933), uno de los fundadores de la moderna metodología del folklore y Antti Aarne (1867-1925), el autor del primer catálogo tipológico de los cuentos europeos. Por mucho que algunos renieguen, los folkloristas nunca podremos agradecerles lo suficiente a los fineses el haber establecido el folklore como una de las ciencias sociales.


En los vestíbulos de la SKS nos encontramos un relieve en bronce con una variación del tema de Lönnrot anotando el canto de un campesino de Carelia, obra del propio Wikström. En esta versión, el folklorista está de pie, cuaderno en ristre y botas calzadas, en el acto de escribir mientras el cantor, un hombre musculoso con el torso desnudo, está sentado y le mira directamente. En esta variante, aunque la otredad del informante queda menos patente que en la escultura de la Lönnrotinkatu, sigue quedando claro que cantor y escriba pertenecen a mundos sociales y culturales muy diferentes. Sin embargo, ¡qué servicio impagable prestaron a Finlandia aquellos rudos campesinos! No sé de ningún otro país que deba su existencia, como quien dice, a un “acto de folklore” llevado a cabo por un miembro de su burguesía. Es, por así decirlo, como si la conciencia nacional alemana hubiera surgido de la publicación en 1812 del primer tomo de los cuentos populares de los hermanos Grimm.



Rematamos el peregrinaje la Sociedad de la Literatura Finesa visitando la cercana librería donde se venden sus publicaciones. Allí compré algún que otro libro, ciertamente no tantos como me hubiera gustado, pero es que si en todas partes los libros son caros, en Finlandia todavía más, porque allí hay pocas cosas baratas. Uno de los libros que adquirí fue A Trail for Singers (“Una senda para los cantores”, 1995), de Matti Kuusi, que contiene, en versión inglesa de Keith Bosley, un amplia selección de las runas que sirvieron a Lönnrot para componer su obra. Huelga decir que, si bien en su día disfruté mucho leyendo el Kalevala (en la primera edición de la versión castellana de Joaquín Fernández y Úrusla Ojajen), los cantos originales que contiene este libro me interesan muchísimo más.



Estos días de canícula, cuando evocaba nuestros paseos de un extremo a otro de la zona histórica de la capital de Finlandia en medio de una ola de calor similar, intentaba acordarme de los dos versos del proemio del Kalevala con las que, animados por Yvonne Karsten, la enérgica organizadora, recitábamos cogidos de la mano los que impartíamos talleres en el simposio al terminar nuestras reuniones matinales:

Lyökämme käsi kätehen, sormet sormien lomahan,
lauloaksemme hyviä, parahia pannaksemme…

Que en la magistral traducción en eneasílabos de Joaquín Fernández y Ursula Ojanen (Madrid: Editora Nacional 1984), equivalen a:

Démonos la mano,
entrelacemos nuestros dedos,
bellas canciones cantaremos… (pág. 52, vv. 21-23)

Para facilitarnos las cosas a los que no hablamos finés, Yvonne suprimió las palabras sormet sormien lomahan, “entrelacemos nuestros dedos”, y nos dijo que el sentido de los versos que recitábamos es “unamos nuestras manos para cantar bellas canciones”, lo que animaba a imaginarse a un grupo de gente cantando en corro. Poco después, hablando durante el simposio con Yvonne y con otros entendidos en la poesía popular me enteré de lo equivocado que estaba. Estos versos aluden a la costumbre de los cantores carelianos de entrelazar sus dedos y cantar a dúo mientras se mecía rítmicamente.

Hay fotografías históricas que muestran a dos cantores así unidos. Su valor documental es grande, pero para ilustrar esta entrada me he decantado por un cuadro del gran pintor finlandés Akseli Gallen-Kallela (1865-1931), que no pudimos ver durante nuestra visita a Helsinki (creo que está en una colección privada) pero que encontré el otro día buscando por la red. Este cuadro es, además, una tercera variante del tema artístico del que os he venido hablando: Lönnrot en el acto de anotar el recital de un cantor de runas. Sólo que aquí muestra no a uno, sino a dos cantores, que, a horcajadas sobre un tronco caído y con los dedos entrelazados se mecen al ritmo de su canción. Uno de ellos, como en las esculturas, tiene larga barba, y podría muy bien ser Arhippa Perttunen (1769-1841), uno de los mejores informantes de Lönnrot y precisamente aquel de quien tomó la idea de combinar cantos de temática similar para hacer una obra más larga. A diferencia de las otras versiones, informante y folklorista no están aquí aislados. Una cuarta persona asa tres pescados en una hoguera de la que se levanta una espiral de humo, mientras otras cinco figuras, cuyas cabezas se ven a espaldas del folklorista, escuchan atentamente el recital de sus paisanos. El cuadro es un prodigio de luces y sombras, que plasma a la perfección el mágico momento del “acto de folklore” de los campesinos que el burgués Lönnrot, descalzo y a la misma altura que sus informantes, se afana por documentar.




Para terminar esta entrada, traduzco, de la versión ingles hecha por el kalevalista estadounidense Francis P. Magoun Jr., la descripción que en su día escribió Elias Lönnrot de su encuentro con Arhippa Perttunen. Está en el artículo “Arhippa Perttunen, Elias Lönnrot and Gallen-Kallela”, en el que Magoun Jr. comenta otro cuadro que el pintor hizo de este mismo tema. El artículo se publicó en 1972 en el volumen 73 de la revista Neuphilologische Mitteilungen, donde ocupa las páginas 209-213. La fuente original es el tomo primero la obra Elias Lönnrotin Matkat (“Viajes de Elias Lönnrot para recoger canciones”), publicado en Helsinki en 1902, páginas 221-226. La reproducción del cuadro de Gallen-Kallela “Lonnrot y los cantores de runas,” está tomada del siguiente artículo del New York Times que podéis consultar clicando en el link.

El lector podrán encontrar más información sobre la escultura de Wikström en la siguiente entrada del blog de Juan Carlos Díaz Lorenzo

Y, si os apetece, podéis releer la entrada que en su día hizo de Helena sobre el Kalevala aquí. 

Os dejo ya con la descripción del viaje de Lönnrot y su encuentro con Arhippa:
Fui de Tsena, donde pasé el día, a Kivijärvi, que está media legua más adelante. Ahora mi ruta discurría en dirección totalmente opuesta a la que había tomado de Lonkka and Vuonninen. En todas partes, hasta ahora, todo había sido casi nieve desnuda, pero cuanto más me acercaba a Kivijärvi mejor avanzaba. Le perdí totalmente el miedo a las condiciones en que conducíamos y lamenté no haberme tomado tiempo para demorarme en Uhtua, Jyvälahti y Vuokkiniemi. 

En Kivijärvi la nieve seguía teniendo medio ell de profundidad. Tras pasar un breve tiempo en la aldea fui directamente a las orillas del lagua Latvajärvi, donde el granjero que residía allí, Arhippa, es muy apreciado como cantor de runas. El anciano tenía ahora ochenta años, pero había conservado su memoria hasta un extremo fuera de lo común. Durante dos días completos, incluso parte de un tercero, me tuvo ocupado anotando poemas. Cantaba los poemas en un buen orden, sin dejar lagunas apreciables, y el igual de la mayoría de ellos no lo había yo escuchado antes de otros cantores; dudo que se los pueda obtener en cualquier otro lugar. Estaba muy satisfecho de haber decidido visitar a Arhippa. Quién sabe si en otra ocasión hubiera encontrado al anciano con vida, y de haber muerto una parte considerable de nuestras antiguas canciones podría haberse ido con él a la tumba. El anciano se crecía de entusiasmo cuando, alguna que otra vez, empezaba a hablar de su niñez y de su padre, muerto muchos años atrás, de quien había heredado sus canciones. 
–Cuando –dijo–, pescábamos a orillas del lago Kappuka, después de haber extendido las redes junto al agua, ¡pero si tendría que haber estado usted allí! Teníamos un ayudante del distrito de Lapukka, que además era un cantor competente, si bien no se lo podía comparar con mi difunto padre. En los atardeceres solían cantar con las manos entrelazadas, y nunca se cantaba dos veces la misma canción. Yo era entonces un niño, y acostumbraba a escucharlos, de modo que, poco a poco, fui aprendiendo los mejores cantares, aunque mucho es lo que ahora he olvidado.  
”De mis hijos no saldrá un solo cantor una vez muera, como sucedió conmigo tras mi padre. Las viejas canciones ya no cuentan con la estima que tenían en mi niñez, cuando eran de lo más popular después del trabajo, o al juntarse la gente del pueblo en los ratos de asueto. Por supuesto, he escuchado a hombres cantar en encuentros, sobre todo cuando estaban algo bebidos, pero rara vez se trataba de canciones de mérito alguno. Al contrario, a los jóvenes de ahora les gusta cantar sus propias canciones subidas de tono con las que no querría yo ni mancillar mis oídos. Si entonces, como ahora, alguien las hubiera buscado, ni dos semanas le hubieran bastado para escribir las canciones que mi padre sabría. 
Mientras hablábamos, el anciano se conmovió tanto que casi rompió a llorar. Me resultaba difícil escuchar sin conmoverme su relato de aquellos buenos tiempos, si bien, naturalmente, como es habitual en estos casos, buena parte de las alabanzas dispensadas por el anciano se fundaban exclusivamente en su imaginación. Tampoco es que las canciones escaseen tanto como él piensa, aunque es cierto que, poco a poco, van pasando al olvido. En nuestros tiempos uno las escucha, y quizá sigan escuchándolas algunas de las generaciones venideras. Y tampoco es que sean totalmente denostadas; al contrario, jóvenes y viejos las escuchan cuando se cantan. Aunque la de Arhippa es en verdad pobre, me pareció más alegre que más de una casa mejor. Todos honoraban al anciano Arhippa como a un viejo patriarca, y a mis ojos también lo era. Además, carecía de muchos de los prejuicios que predominan por doquier en esos parajes. Él y la familia enteran comían en la misma mesa, al mismo tiempo, y de la misma vajilla, lo que sucede rara vez en otros lugares. …Quizá a algunos les resulte interesante saber cómo procede un buen cantor cuando recita. Un único cantor simplemente canta solo, pero si hay dos cantores, como es preceptivo para un canto de runas más ceremonioso, ambos se sientan uno frente a otro, o lado a lado, se agarran de las manos bien con sólo una mano, o con ambas al tiempo, y empiezan a cantar. Durante el recital los cuerpos se mecen hacia delante y hacia atrás, de modo que parece que cada uno tira hacia sí del otro. Entonces uno canta la primera estrofa de la runa, que entonces el otro, uniéndose en el último compás, repite completa. Mientras escucha esta repetición, el primer cantor tiene tiempo de sobras para pensar la siguiente estrofa, y así continúa el canto. O bien se canta una canción completa o se compone una totalmente nueva. En las fiestas de postín, en las que se reúnen muchos cantores, a menudo la rivalidad surge entre ellos. Los conocidos de ambos bandos apuestan entre sí si será uno u otro el que derrote al héroe de la oposición. Arhippa dijo que los otros aldeanos a menudo le habían metido en una competición, y no recordaba haber salido nunca derrotado. 
Pero, ¿cómo compite uno en el canto de runas? No como en las academias de bellas artes corrientes; el premio o la victoria no se le otorga a quien canta las mejores canciones, sino al que sigue cantando más tiempo. Primero, un hombre canta cierto poema, después da tiempo al otro para que conteste con un poema igualmente largo. Tras esto el primero canta de nuevo y a su vez es relevado. Si a un cantor se le termina el repertorio de canciones, el otro, si recuerda todavía alguna, es tenido como ganador. Si los cantores son más bien flojos, uno puede, de hecho, reírse de sus esfuerzos por tener la última palabra. La competición se parece mucho a una pelea de gallinas: la que cacarea más tiempo se considera la ganadora. También aquí las mejores canciones hace tiempo que quedaron relegadas al olvido; uno se acuerda sólo de episodios y palabras aislados con ayuda de los cuales intenta obtener la victoria. La otra forma es la de los buenos cantores. Aquello de lo que habla la canción: 
Cantó de un día al siguiente,habló sin pausa, de una noche a la otra, 
aquí sucede realmente, y el sueño es el que termina la competición, de modo que a ninguno de los dos se le considera ganador, o a ambos.


jueves, 14 de julio de 2016

"La hechicera", un poema de Eugène N. Marais

La profesora Helize van Vuuren, de la Universidad Nelson Mandela de Port Elizabeth, me hizo llegar hace poco un ejemplar de su reciente libro A Necklace of Springbok Ears: /Xam Orality and South African Literature (Stellebosch: SUN MeDIA, 2016).

Se trata de un fascinante estudio sobre las fuentes literarias surafricanas relacionadas con los bosquimanos del sur de África.


La lectura de la obra de Van Vuuren me ha animado a volver al pequeño libro de Eugène N. Marais Dwaalstories (1927), en el que cabe encontrar algunas de las producciones más tempranas y bellas en afrikáans basadas en las tradiciones orales de los bosquimanos.


He releído los cuatro breves cuentos y, en contra de la opinión de Van Vuuren, sigo pensando que su contenido es más atribuible a las dotes creadoras de Marais que a ninguna fuente oral, aunque, como ya dije en la otra entrada sobre este tema, tampoco cabe descartar que el poeta se basara en parte en una genuina fuente oral.


En todo caso, los poemas que están insertados en los distintos relatos sí que son creación de Marais, y se cuentan entre los más bellos en lengua afrikáans.


En la entrada antes aludida di algunas pinceladas sobre la vida de Marais y expliqué que Dwaalstories puede traducirse como "historias errabundas". "Historias peregrinas" tampoco sería mala opción.


Según dice la profesora Van Vuuren  (páginas 165-166 de su libro), "historias en proceso de extraviarse" también es un posible sentido de esta palabra compuesta.


En la anterior entrada sobre Marais se incluía la traducción del poema "Die dans van die reën" (La danza de la lluvia), que forma parte del relato "Klein Riet-Alleen-in-die-Roerkuil" ("Pequeño Junco-solo-en-el-torbellino")


Este poema ("Die towenares" / La hechicera) es parte de otro cuento, "Die Reënbul" ("El toro de la lluvia"). El texto está tomado de Gedigte (Ciudad del Cabo: Nasionale Pers, segunda impresión, 1934, página 43).


La ilustración es una de las varias que hizo la ilustradora surafricana Katrine Harries para la reeedición de 1959 de Dwaalstories (Ciudad del Cabo: Human & Rousseau). La he tomado de la edición digital de las obras completas de Marais accesible en la Digitale Bibliotheek voor Nederlandse Letteren (http://www.dbnl.org/).







Die Towenares
(Lied van die verbanne jong meid.)

Wat word van die meisie wat altyd alleen bly?
Sy wag nie meer vir die kom van die jagters nie;
Sy maak nie meer die vuur van swart-doringhout nie.
 Die wind waai verby haar ore;
sy hoor nie meer die danslied nie;
 die stem van die storie-verteller is dood.
G’n een roep haar van ver nie
 om mooi woord te praat.
Sy hoor net die stem van die wind alleen,
en die wind treur altyd
 om hy alleen is.



La hechicera
(canto de la muchacha desterrada)

¿Qué es de la muchacha que siempre está sola?
ya no espera la llegada de los cazadores;
ya no enciende nunca el fuego de leña de espino negro.
 El viento sopla más allá de sus oídos;
ya no escucha la música de la danza;
 la voz del contador de historias ha muerto.
Nadie la llama desde lejos
 para decirle palabras bonitas.
Sólo escucha la voz del viento,
 y el viento siempre se lamenta
  porque está solo.



jueves, 28 de enero de 2016

¿Quién escribió "realmente" Alicia en el país de las maravillas?


Para conmemorar el 184 aniversario del nacimiento de Lewis Carroll, que fue ayer, he aquí un texto que leí el 15 de mayo de 1986, en un pequeño acto de homenaje a este autor que tuvo lugar en la ya desaparecida librería Tartessos, que entonces regentaba Jos Framis. El evento incluía, entre otras cosas, la exhibición y venta de una serie de deliciosos muñecos de la artista Ana López Escrivá que representaban personajes de los libros de Alicia, un escaparate diseñado por el fotógrafo Pep Pujol, y una pequeña selección de libros de ediciones antiguas de libros de Carroll de mi colección personal. Inicialmente yo iba a ser el único orador del acto, pero Esther Tusquets, que prestó la imagen para la fotografía de la invitación, sugirió a Jos que valía la pena recabar la colaboración de Luis Maristany, del que me haría gran amigo. Reproduzco el texto casi tal cual, transcrito de las cuartillas en las que lo mecanografié con una máquina de escribir eléctrica de mi padre. Los lectores sabrán perdonar las asperezas de este escrito primigenio, que marcó mi primera aparición pública, aún así me ha parecido divertido.




Todo esto que pretendemos hacer ahora es perfectamente ridículo. Estamos aquí para hablar de Alicia en el país de las maravillas y homenajear a su autor, Lewis Carroll. Pero, como todos sabemos, Carroll NO escribió los libros de Alicia. ¡Ni mucho menos! No señor, los libros de Alicia, como sabe cualquier persona culta, los escribió Su Alteza Real la Reina Victoria.

Por supuesto que, hasta hace poco, todos pensábamos que la cosa no era así. Sin embargo, hace dos años, una computadora, hábilmente tecleada por los muchachos de la Continental Historical Society de San Francisco, descubrió la triste verdad. Ni que decir tiene que la computadora está en lo cierto. ¿Quién ha visto alguna vez equivocarse a una computadora?

Plenamente consciente del carácter subversivo de su obra, que, como muy bien nos han demostrado los psicoanalistas está llena de groseros símbolos sexuales y malintencionadas reflexiones sobre la familia y el poder, plenamente consciente de esto, la buena reina actuó discretamente y, así, sobornó con largueza a un desconocido profesor de matemáticas de Oxford llamado Charles Lutwidge Dodgson, quien accedió a prestarle a su soberana el pseudónimo de Lewis Carroll, con el que llevaba años publicando versillos paródicos en revistas locales de poca monta. Pero no quedó la cosa ahí. Para darle más verosimilitud a la patraña, los sicarios de Su Majestad untaron también al mismísimo Deán del Christ Church College, el más grande y prestigioso de Oxford, para que éste forzara a su hija a contar una improbable historia de una excursión en barca por el Isis en la que el venal matemático habría narrado la historia. Éste llegó incluso al extremo de falsificar, de su propio puño y letra, un manuscrito conteniendo una versión burdamente simplificada del cuento, ilustrada con unos cursis dibujos plagiados de las ilustraciones del maestro John Tenniel.

Sin duda, de haber salido todo esto a la luz en su momento, el escándalo hubiera sido mayúsculo: Carroll expulsado ignominiosamente de la Universidad, el Deán hundido en la miseria, y sus hijas camino de la prostitución. La Reina Victoria, avergonzada, abdica ante las presiones de un populacho y un Parlamento escandalizados por la escabrosidad del asunto, que habría pasado a los libros de historia con el nombre de Aliciagate.

Sin embargo, como estoy seguro de que a todos nos case mal la Reina Victoria, que era gorda y fea, vamos a hacer como la Reina Blanca de A través del espejo y vamos a creernos seis cosas imposibles antes del desayuno. Vamos así a creernos que Carroll fue quien escribió los libros de Alicia, que lo de la excursión en barca es verdad, y que aquel manuscrito extraordinario salió de su propia mano. Así pues, vamos a hablar de ese individuo como si realmente fuera alguien importante. Pero antes, una pequeña explicación (y ya oigo gritar al Grifo con tono impaciente ¡No, no, la aventuras primero, las explicaciones siempre se alargan espantosamente!); pero esta explicación es necesaria.

A ver cómo hablamos de Lewis Carroll porque, ¡hay que ver las cosas que se ha llegado a decir sobre el pobre hombre!, ¡y qué interpretaciones se han hecho de Alicia en el país de las maravillas! Vean, si no, la explicación de este libro dada por el célebre erudito Ydoow Nella, profesor de literatura cingalesa de la South-West Manhattan Yeshiva University, quien llegó la conclusión de que el cuento aparentemente absurdo de Carroll no hacía sino esconder un mordaz ataque del matemático a los críticos que se empeñaban en atribuir las obras de Shakespeare a sus contemporáneos Marlowe y Bacon. Cito el resumen que hace Nella de su teoría: “El Conejo Blanco era Shakespeare, el Sombrerero Loco, Marlowe, y el Ratón Bacon – o el Sombrerero Loco Bacon, y el Conejo Blanco, Marlowe– o Carroll era Bacon y el Ratón Marlowe – o Alicia era Shakespeare, o, quizás, Bacon – o Carroll era el Sombrerero Loco.” Como dice el propio Nella, “es una lástima que Carroll no esté hoy vivo para dejar sentado este importante asunto”.

Una teoría que, como se ve, es harto compleja. Sin embargo, para tranquilidad del público, trataremos aquí de atenernos a cosas más sencillas. De todos modos, la obra maestra de ciertos comentaristas ha sido su descubrimiento, fascinante, de que Lewis Carroll y Charles Lutwidge Dodgson eran dos personas distintas. Lo que estos críticos han hecho, en realidad, es prescindir del proverbial escalpelo y tomar un serrucho con el que han partido en dos al pobre Charles Lutwidge Dodgson, por la sencilla razón de haber adoptado un pseudónimo para escribir obras literarias mientras continuaba publicando libros “serios” bajo su verdadero nombre.

Francamente, no hay por dónde cogerlo. Por un lado resulta que la obra supuestamente seria de Carroll no es tan seria. Una buena parte de los libros de lógica y matemática que publicó, como por ejemplo Euclides y sus rivales modernos, El juego de la lógica o Una historia enmarañada, entran dentro de la categoría de lo que él mismo llamaba “lógica o matemática recreativa”, presentada al lector como un puro juego muy adecuado para conjurar el vacío de las noches de insomnio. De hecho, los tres libros están firmados con el pseudónimo, y el planteamiento de los numerosos problemas y paradojas que contienen está en forma de historia que pertenecen, sin duda, al universo imaginario de los libros de Alicia.

Quizá, para dejar esto bien sentado, habría que citar aquí las palabras de una auctoritas, Derek Hudson, autor de la más importante biografía de Carroll:

“En todo gran humorista buscamos primero al hombre que nos hace reír, cosa muy natural. Tenemos nuestras propias ideas sobre su carácter –imaginándolo, quizá, como muy similar al nuestro, en nuestros momentos más felices– y por eso nos sentimos con frecuencia desconcertados, a veces decepcionados, cuando descubrimos que bajo la brillante superficie las aguas discurren profundas y oscuras. En el desconcertante caso de Dodgson, el matemático, el lógico, el artista e incluso el eclesiástico, impregnan al humorista, aguzando y puliendo sus paradojas hasta que éstas forman un cristal inimitable. En el centro de todo se encontraba un carácter complejo, formado por demasiados elementos conflictivos como para infundir paz al espíritu, pero en nada contribuye a nuestro conocimiento de Dodgson el querer ver en él a dos personas en lugar de a una.”

Para hacernos una idea de la complejidad de Lewis Carroll, voy a leer una lista de todas las cosas que llegó a ser:

Profesor de matemáticas.
Autor de libros teóricos sobre matemáticas.
Autor de libros sobre el arte de aprender y enseñar matemáticas.
Autor de libros de lógica.
Autor de libros de lógica y matemática recreativa.Poeta y autor tanto de poemas “serios” tremendamente cursis como de poemas paródicos y absurdos.
Narrador.
Novelista.
Inventor.
Creador de juegos y entretenimientos.
Polemista.
Fotógrafo.
Curador de la Common Room de Christ Church.
Autor de una de las correspondencias más geniales de la historia de la literatura, que, según cálculos fiables, llegó a comprender más de 100.000 cartas, escritas a lo largo de 30 años.
Diácono de la Iglesia de Inglaterra.

Como se ve, si hubiera que dividir al individuo en función de sus facetas, tendríamos que cortarlo en lonchas finas.
Ya para acabar (¡al fin!) me gustaría citar unas líneas del gran erudito carrolliano Morton. N. Cohen, que vienen muy al caso de todo lo que hemos estado diciendo, y que hago extensivas a estas palabras:
“A diferencia de Alicia, quien le dice a la Oruga que le es difícil explicarse, Dodgson es excepcionalmente bueno a la hora de explicarse a sí mismo. Y por esto lo mejor es dejar que sea él (a través de sus diarios y cartas) quien nos hable de su actitud hacia el arte, la fotografía, las niñas y sus modelos de desnudos. Sus propias palabras seguirán vivas mucho después de que la mayoría de los comentarios, incluyendo éste, hayan sido olvidados” (Morton N. Cohen, Lewis Carroll Photographer of Children: Four Nude Studies, Filadelfia: Rosenbach Foundation / Clarkson N. Potter, 1979).

Breve nota para concluir esta entrada: “Ydoow Nella”, es, por supuesto, Woody Allen, y la cita procede de uno de los textos de su libro Sin plumas, publicado en 1976 por Tusquets Editores en traducción de Marcelo Covián.


domingo, 25 de octubre de 2015

UNA SEMILLA, UN ÁRBOL, UN FANTASMA

Una anciana de 89 años que vive en Sederville, la zona segregada para los "Coloured" (mestizos) de Clanwilliam, me ha conmovido profundamente. 

Hemos llamado a su puerta porque alguien le había dicho a Patrick, mi ayudante, que esta ouma ("abuela", pero en afrikaans usado de forma muy generalizada como tratamiento de respeto a la gente mayor) era una buena informante. 


La mujer me ha mirado con extrañeza al abrirnos la puerta y escuchar la retahíla con la que explicamos siempre el objeto de nuestra visita (que estamos aquí para recoger cuentos, historias...). 


No le faltaba razón, pues lo cierto es que ya la habíamos entrevistado hace casi un mes, pero como parte de un grupo que suele reunirse tres veces por semana en una iglesia próxima. 


Aclarada la circunstancia de que ya nos conocíamos, la entrevista ha empezado de forma casi inmediata, pues se daban las condiciones para que yo pudiera filmarla sosteniendo la cámara en la mano, sin tener que que montar el trípode,  y Petronella estaba muy deseosa de compartir con nosotros sus relatos. 


Se acordaba perfectamente del tipo de historias que nos interesan: sobre la presa y su historia, sobre los traslados forzosos que su construcción provocó en las comunidades mestizas que vivían cerca del río, y que fueron mucho más allá de las necesidades de reubicación que este tipo de obras siempre causan. 


Aquí en ambos casos, pero sobre todo durante la ampliación de los años de 1970, se trato de operaciones de "limpieza" destinadas a desposeer a los mestizos y apartarlos de la población de origen europeo. 


Ouma Petronella Price nos ha contado relatos sobre estos tristes hechos, relatos que pueden inscribirse en lo que podríamos llamar la dimensión histórica de los avatares de su comunidad. 


Otros relatos podríamos clasificarlos como pertenecientes a una dimensión mítica, pero seria una falacia porque para Ouma Petronella son tan históricos como los otros. 


Relatos sobre la waternoointjie, "la doncella del agua", que vive en manantiales, lagunas, ríos y, como no, también en la presa, a veces junto a su equivalente masculino, el waterbaas, "el dueño del agua". 


Petronella nunca había visto a estas gentes del agua, pero daba crédito a lo que le habían contado quienes sí lo habían hecho. 


Pero el relato que me ha llegado realmente al alma no tiene que ver ni con los desahucios brutales de la época del apartheid ni con los moradores de las profundidades. 


Nos lo ha contado de forma espontánea, y cabría situarlo entre ambas dimensiones, la histórica y la mítica. 


Hay en la calle Jakaranda, donde ella vive, un árbol muy especial, que tiene una historia que quizá ya nadie más recuerde. 


Hace mucho tiempo un hombre, Augus Crosney, fue a trabajar para un granjero alemán en lo que entonces se llamaba África del Sudoeste, hoy Namibia.


Al volver a Sudáfrica, su jefe la regaló dos semillas de acacia.

semillas de acacia

Cuando se volvió a instalar en Clanwilliam el hombre plantó una de las semillas en su jardín, y le regaló la otra a un vecino.

Su semilla no fructificó, pero sí la del vecino.


Con el tiempo aquel árbol se hizo muy grande.




El propio Crosney fue muy longevo. Murió con 105 años. 

De niña, Petronella llegó a conocerlo.


Recordaba que Augus Crosney tenía una larga melena, y que solía sentarse sobre una lápida del cementerio cercano.


Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía que allí estaba enterrada su esposa.


Petronella no nos ha dicho dónde enterraron a Augus Crosney; quizá en el cementerio "nuevo" de Clanwilliam, a las afueras del pueblo, que ya era viejo cuando ella vino al mundo.


El caso es que el antiguo cementerio está justo al lado de su casa; es una pequeña explanada que yo había tomado por un parque abandonado.




Petronella nos ha dicho también que en verano, cuando el calor es agobiante, sale a menudo a dormir al porche de su casa, que se asoma a ese cementerio.

En Clanwilliam, en verano, no se produce ningún tipo de neblina, pero Petronella ha visto a menudo levantarse una calima blanca del lugar donde está la tumba de la esposa de Augus Crosney.

La neblina termina por cobrar cierta forma humana, cuyos pies nunca tocan el suelo.

La ha visto a menudo, y no le da miedo porque, como muchos fantasmas de los que me han hablado por aquí, no se manifiesta para hacer daño a los vivos.

Mientras la anciana contaba su relato, he recordado que, al bajarme del coche cuando lo hemos aparcado delante de su casa, me había llamado la atención ver en el suelo algunas semillas (en realidad vainas con varias semillas) de un tipo de acacia que prospera sobre todo a lo largo del río Orange y en el Kalahari. En castellano se la conoce como espina de camello.

Jamás había visto semillas así tan al sur.

Reparé en ellas por primera vez hace unos años, cuando recogí algunas procedentes de cierto árbol de la misma especie, también muy longevo, que todavía, aunque con dificultad, crece en Kenhardt, a 800 kilómetros de aquí.

Vídeo en ristre, hemos salido a la calle, detrás de Petronella Price, para ver y palpar esta demostración de que, en verdad, la sabiduría, y los relatos que la transmiten, residen en los lugares.

Hemos filmado y fotografiado el árbol, el cementerio, el lugar, ahora sin marcar, donde está la tumba de la esposa de Augus Crosney.

El árbol está en la acera de enfrente, un poco más allá de su casa.

Es enorme, lo que indica una edad considerable.

Si mis cálculos no fallan, Crosney recibió esas semillas en los inicios de la infausta colonización alemana de Namibia, a mediados de la década de 1880.

La anciana lo ha visto allí desde que tiene uso de razón, y sin duda para entonces el árbol no era precisamente joven.

Petronella Price piensa, y nosotros también, que el árbol debería estar protegido, y que su historia no debería perderse.

Por eso nos la ha contado.

Por eso ahora os la he contado yo a vosotros. 

PD: Hoy hemos entrevistado a otros dos habitantes de Clanwilliam, y les hemos preguntado por Augus Crosney.

Sabían de él y de su familia, pero no conocían la historia de la acacia, de la que quizá Petronella era, hasta ahora, la única depositaria.


Por otro lado, dos de los arqueólogos con los que comparto casa, y a los que ayer conté esta historia, han ido hoy a ver el árbol de la calle Jakaranda. Una de ellas, Jessica, ha recogido semillas, que piensa plantar en el jardín de su casa, en Johannesburgo, en una parte del subcontinente donde esta especie se da bien. El árbol de Augus Crosney, esperemos, tendrá allí descendencia. Esperemos también que la historia viaje con Jessica, y que allí donde ese nuevo árbol crezca, se asiente también el relato.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Festival de las linternas en Clanwilliam

A principios de este mes compartía el Bed & Breakfast del Living Landscape Project de Clanwilliam con un grupo de voluntarios  de la Universidad de Ciudad del Cabo, que cada año, desde hace unos quince, por estas fechas organizan en Clanwilliam un desfile de linternas y la puesta en escena de uno de los cuentos /xam de la Colección Bleek-Lloyd. La verdad es que no socializábamos mucho, porque la buhardilla que yo ocupo está separada del resto de la casa y tiene su propio acceso exterior. Pero me encantaba sentir cada día el bullicio de su frenética actividad, que en ningún momento me resultó molesta, aunque sus ensayos musicales a menudo coincidían con el momento en que yo me retiraba a dormir.

Aglutina a estos voluntarios Mark Fleischman, del Departamento de Drama de la Universidad, con su Magnet Theatre.

Pero por lo que puedo ver los voluntarios son también del área de Música y de Bellas artes.

El festival y la obra son una pasada, lo digo con conocimiento de causa porque estuve presente en la edición del 2007, en que se representó el cuento sobre Mantis, su hijo y los babuinos.

Este año el relato elegido es el mito del cerdo hormiguero, el lince y la pequeña gacela, una versión del cual podréis encontrar en mi libro "La niña que creó las estrellas" (N.35. Aardvark, la pequeña gacela y el lince. Narrado por /Han=kass’o. pag 160-172. Edit. Lengua de Trapo).

El festival se celebra en el campo de deportes de una escuela cercana (por distintos motivos ya no hacen el desfile en las calles de Clanwilliam) pero invitado por una amiga, Levona Lebruin, que es parte del equipo de Fleischman, he estado viendo algunos de los ensayos, y también cómo hacen las grandes figuras de caña y papel con la forma de los personajes del cuento.


También he visto a los niños haciendo las lámparas de papel, máscaras y otros objetos que se usarán en el desfile y en la obra.


El festival está dirigido a todo Clanwilliam, pero sobre todo a la parte más desfavorecida de la población, que es como decir a la mayoría de la gente.

Pocas personas de origen europeo participan, porque, lamentablemente, en este pueblo las heridas de la historia siguen muy abiertas.

Los devastadores efectos del sistema del apartheid, y de siglos de opresión y discriminación previos a él, se manifiestan también de otras formas en Clanwilliam, donde la corrupción política alcanza niveles descorazonadores.

Volviendo al festival, va dirigido sobre todo a los niños, que participan en el evento como actores y artistas, y también a través de actividades en la escuela.

A los más pequeños se les invita también a ir al lugar de los ensayos, donde varios de los voluntarios se turnan para tenerlos entretenidos mediante juegos de todo tipo relacionados siempre con el cuento que se ve a representar.

La historia de Aardvark (cerdo hormiguero), la pequeña gacela y el Lince habla de la primera humanidad, cuando los animales eran personas.

Aardvark ve pasar a unas gacelas saltando y escoge a una gacela que va con su cría para engañarla y robarle a la pequeña, a la que esconde en su madriguera. La pequeña gacela crece con Aardvark pensando que ella también es un cerdo hormiguero, pero cuando es una jovencita Lince acude al rescate. Según las versiones, enviado por su madre, para que la saque de allí y se case con ella.
Lince lo hace y huye con la joven gacela, pero en la huída y mientras Aardvark los persigue les lanza una maldición y es que a partir de ese momento Lince será siempre un animal que caminará de noche. Ante esto Lince replica a Aardvark de la misma forma, con otra maldición, que siempre será un cerdo hormiguero que caminará de noche. 
Aardvark volvió a su casa, resignado, mientras Lince seguía su camino junto a la pequeña gacela. Pero desde entonces, se dicen, están sentenciados, las gacelas sólo comen arbustos, y los animales de presa tienen que matarlos para sobrevivir. Ya no se mezclan, ni se casan entre ellos, y todo el mundo tiene que aceptar que cada animal se casa sólo con los de su propia especie y come la comida adecuada para ellos. Y así es hasta el día de hoy.

Este es el cuento que se representó, más o menos, el domingo 6 de septiembre en Clanwilliam. Aunque en esta versión Lince acaba casándose con la Gacela, ineludible final feliz que fue muy aplaudido por los chavales.






sábado, 7 de febrero de 2015

“Oh, la danza de nuestra hermana”: un poema de Eugène Marais

Eugène Marais
Leí por primera vez este poema de Eugène Marais hace unos años en la rompedora antología de poesía Surafricana de Jack Cope (el que fuera amante de Ingrid Jonker) y Uys Krige, The Penguin Book of South African Verse (1968). La versión inglesa que allí aparece (págs. 191-192) es de los propios Cope y Krige.

Naturalista y poeta, Marais es uno de los grandes de las letras surafricanas. Nació en Pretoria el 9 de enero de 1871 y tras una azarosa vida, marcada por su adicción a la morfina, se quitó la vida en una granja cerca de Pelindaba, al oeste de Pretoria, el 29 de marzo de 1936.

Gran defensor del afrikáans como lengua de su gente, prefirió esa lengua al inglés y al holandés, y en ella escribió la mayor parte de su obra. Como naturalista Marais fue un precursor de la moderna ciencia de la etología, con sus estudios sobre las termitas y los babuinos. En ese campo, su libro más destacado es Die Siel van die Mier (“El corazón de la termita”, 1925), un estudio sobre la sociedad de los termiteros que fue desvergonzadamente plagiado por el escritor belga de lengua neerlandesa y premio Nobel Maurice Materlinck (1862-1949), en su libro La Vie des termites (1926). Existe una película estupenda sobre Marais, Die Wonderwerker (2012) de Katinka Heyns, que se centra en el periodo en que el poeta estuvo convaleciente de malaria en una granja del Waterberg.

Mi interés por Marais lo suscitó el libro Dwaalstories en ander vertellings (1927), que llegó a mis manos en la versión inglesa de Jacques Coetzee The Rain Bull and other tales from the San (2007). Este título (“El toro de la lluvia y otros relatos de los san”) tiene poco que ver con el original, que podría traducirse como “cuentos errabundos”.

La vinculación de estos relatos viajeros con la verdadera tradición oral de los pueblos bosquimanos del sur de África es debatible, aunque no cabe descartar que algunos elementos procedan realmente de cuentos tradicionales que Marais escuchó. El caso es que asegura haberlos escuchado de labios de un bosquimano centenario llamado Hendrik con al que parece ser que frecuentó mucho en 1913 cuando el poeta estaba pasando una temporada en la granja Rietfontein del Waterberg, al norte de Pretoria.

La prosa de los relatos es muy poética, y recuerda en muchas cosas a la de las Leyendas de Guatemala (1930) de Miguel Ángel Asturias. Como ha sugerido el biógrafo de Marais, Leon Rousseau, no cabe descartar que Hendrik relatara las historias bajo la influencia del dagga (la forma local de la marihuana) y el poeta los adaptara más tarde bajo la influencia de la morfina (The Dark Stream: The Story of Eugène Marais, Johannesburgo, Jonathan Ball, 1999, p. 262). El resultado es una obra maestra de la prosa en afrikáans.

Comoquiera que fuese el proceso de creación de las Dwaalstories, el caso es que Marais insertó en ellas varios poemas, entre los que se cuenta el que aquí ofrezco en una tentativa de traducción en verso libre. El poema no necesita mayores aclaraciones, salvo quizá decir que, por supuesto, “la gente menuda” (die kleinvolk) mencionada en la penúltima estrofa, no son otras que las termitas, que se agitan en sus moradas al sentir la proximidad de la lluvia.

El texto afrikáans lo he tomado de la web http://allpoetry.com/Die-Dans-Van-Die-Reen. La fotografía de Marais procede de la entrada sobre él en Wikipedia. La otra fotografía es de Helena, y muestra un aguacero visto desde la colina Witeberg, varios kilómetros al norte de Marydale, cruzado el río Orange, que visitamos con Neil Rusch el 15 de marzo de 2011 y que probablemente es K”amm xhára ka !kau, la elevación desde la que, según ||kabbo, cierto !gixa de |xam-ka !au “cortaba la lluvia” para aliviar la sequía en su territorio. No es propiamente el Kalahari, pero sin duda esta zona de sabana se parece a la que Marais tenía en mente al componer el poema. Estoy en deuda con mi profesor de afrikáans, Izak Johann Meyer, quien me ayudó en su día a pulir una traducción al ingles de “Die dans van die reën” que hice como ejercicio de clase. El poema, sin embargo, está traducido al castellano directamente de la lengua original.



Dien dans van die reën
Eugène Marais
Lied van die vioolspeler, Jan Konterdans, Uit die Groot Woestyn

O die dans van ons Suster!
Eers oor die bergtop loer sy skelm,
en haar oge is skaam;
en sy lag saggies.
En van ver af wink sy met die een hand;
haar armbande blink en haar krale skitter;
saggies roep sy.

Sy vertel die winde van die dans
en sy nooi hulle uit, want die werf is wyd en die bruilof groot.

Die grootwild jaag uit die vlakte,
hulle dam op die bulttop,
wyd rek hulle die neusgate
en hulle sluk die wind;
en hulle buk, om haar fyn spore op die sand te sien.

Die kleinvolk diep onder die grond hoor die sleep van haar voete,
en hulle kruip nader en sing saggies:
“Ons Suster! Ons Suster! Jy het gekom! Jy het gekom!”

En haar krale skud,
en haar koperringe blink in die wegraak van die son.
Op haar voorkop is die vuurpluim van die berggier;
sy trap af van die hoogte;
sy sprei die vaalkaros met altwee arms uit;
die asem van die wind raak weg.
O, die dans van ons Suster!

La danza de la lluvia
Eugène Marais

Canción del violinista Jan Konterdans, del Gran Desierto (Kalahari)

¡Oh la danza de nuestra hermana!
Primero, otea taimada desde la cima
tímidos los ojos;
la risa dulce.
Y desde lejos hace señas con una mano;
sus brazaletes brillan y centellean sus abalorios,
con dulzura llama.

Habla a los vientos de la danza
y los invita, porque la explanada es amplia y espléndidas serán las bodas.

Los grandes antílopes corren sobre la llanura,
se congregan en lo alto de la colina,
dilatan al máximo sus fosas nasales
y tragan el viento;
y se inclinan, para ver sobre la arena su rastro sutil.

En lo hondo de la tierra, la gente menuda
escucha el murmullo de sus pies,
y se acerca a rastras y canta suavemente:
“¡Hermana! ¡Hermana! ¡Has venido! ¡Has venido!’’

Y sus abalorios se agitan,
y sus ajorcas de cobre relumbran en el descenso del sol.
Sobre su frente está el penacho de fuego del águila de la montaña;
desciende desde las alturas,
con ambos brazos despliega el manto gris;
el aliento del viento se pierde.
¡Oh la danza de nuestra hermana!

Traducción de J. M. de Prada-Samper