jueves, 3 de julio de 2014

EL CAMINO

La semana pasada estuve con mi amiga Carmen Glez haciendo cuatro etapas del Camino de Santiago, de Roncesvalles a Estella. Pasamos un último día viendo Estella y visitando los monasterios de Iranzu, de Iratxe y la Fuente del vino. 

Siempre había querido hacer el Camino de Santiago y, aunque no he llegado a Santiago, tiene sentido hacer el Camino porque lo que importa no es llegar, es lo que pasa durante el viaje, el camino en sí. Así es como lo veo yo.



La experiencia ha sido fantástica y repetiré seguro. Repetiremos las dos. 

Quizá fuimos un poco ambiciosas para lo poco preparadas que íbamos físicamente, porque son ochenta y ocho kilómetros en cuatro días lo que tienes que caminar en esas etapas, repartidas en tandas de veintitantos kilómetros. 

Casi cada día acabábamos pensando que a la siguiente igual nos quedábamos a la mitad y que no importaba si no llegábamos, que daba igual, que no se trataba de cumplir ningún reto ni nada por el estilo; pero seguimos caminando, primero de Roncesvalles a Zubiri,luego de Zubiri a Pamplona, de Pamplona a Puente la Reina y de Puente la Reina a Estella. Entre bosques de hayas, robles y encinas, atravesando campos de espigas y pueblecitos con iglesias románicas. Caminando. Caminando y descansando.

De Puente la Reina a Estella
Puente La Reina
De Roncesvalles a Zubiri

San Pedro-Estella

He descubierto lo importante que es comer y descansar, pero descansar lo justo para que luego el cuerpo responda, porque si descansas demasiado luego te quedas roto y ya no hay quien te ponga en marcha de nuevo.

Y comer lo suficiente para sentir cómo la energía te carga las pilas y te da fuerza para ponerte en marcha.

Me ha gustado la determinación de levantarnos a las 6 de la mañana y saludar al día cuando aún está oscuro sabiendo que, aunque llueva o truene, vas a salir al mundo a caminar.  Teníamos suerte porque, aunque las previsiones eran pésimas, y daba lluvias y tormentas casi todos los días, llovía cuando llegamos a los sitios, pero no durante el camino. De todas formas, aunque hubiera llovido, hubiéramos salido igual, ese era el espíritu.

El paso lento hace que puedas ver el cambio del paisaje y observar las nubes y el color del cielo. Oír el silencio del bosque, el arrullo del río o el canto de los pájaros. También, es verdad, el ruido de las fábricas o los coches que pasaban por las carreteras a lo lejos en algunos tramos.

Te das cuenta de lo poco que necesitas para vivir: casi todo cabe en un mochila que llevas a las espaldas y que pesa. Vaya si pesa. 

Pero el peso de la mochila, el dolor de los pies, el cansancio... todo pasa si aguantas lo suficiente. Es lo más parecido a experimentar lo que me decían durante todo el año en la meditación zazen a la que he estado yendo: "no hagas caso a las molestias o al dolor porque pasarán". Oye, tal cual, al rato viene otra cosa, que te molesta más. Lo bueno es que nos acabábamos riendo de ello y llegaba un punto que, si estás sano, si tu cuerpo está sano, se recupera. Una ducha y un poco de descanso hacen el milagro.

Y el Camino, como la vida, te trae gente que camina un rato contigo, luego la dejas o te deja. Da igual. Compartes unos pasos. A menudo se preocupan por cómo lo llevas o te preocupas tú. 

Y cuando te vas siempre les deseas, como yo os deseo ahora: ¡Buen Camino!

domingo, 22 de junio de 2014

La palabra que vuela

Este mes de junio, por diferentes circunstancias, he ido a contar a varias prisiones de Barcelona. Me gusta llevar los cuentos a sitios donde se necesitan y creo que allí se necesitan porque, independientemente de las razones por las que la vida les haya llevado a cada uno allí, lo cierto es que, estaréis conmigo, no es un lugar agradable en el que estar. 


Si hay algo que no se puede encerrar es la palabra y la imaginación: esa vuela libre y regresa al lugar de donde vinimos o viaja a los lugares donde nos gustaría estar. Tener el poder de emocionarse con las historias significa ser capaz de salir de uno mismo y conectar con otros mundos que se hacen propios por un instante; en ese viaje y en esa relación hay infinitas posibilidades.

Hace mucho tiempo conté en una prisión de mujeres una historia que produjo un efecto en ellas (porque era una prisión de mujeres) y en mí que nunca olvidé, y que el otro día volvió a repetirse.

Les conté un libro ilustrado: El árbol generoso (The giving tree) de Shel Silverstein. Es la historia de un árbol y de un niño que va creciendo a lo largo del relato. El árbol siempre da y el niño siempre recibe y nunca se queda satisfecho. Al final uno se pregunta con cierta tristeza quién es más feliz: si quién da o quién recibe. Y luego elegimos cuanto dar y hasta qué extremo. Ellas se identificaron por completo con el árbol hasta el punto que me dijeron: ¡el árbol es mujer!


Me hizo gracia porque en inglés el pronombre usado para el árbol es She/Ella, así que en cierto modo, era verdad. El árbol era mujer. 

Mi amiga y contadora Catherine Favret les contó varias historias de los orishas, entre ellas cómo se formó el arco iris, y pude ver como varias de las chicas se emocionaban en un auténtico viaje a los orígenes porque eran cubanas. Los orishas para ellas no son solo cuentos bonitos, son una religión, algo que toca las raíces y el alma. 

En realidad, pensé, todas las historias tienen este poder de emocionar, tocarnos de una manera u otra y transformarnos.

Pero hay momentos en los que uno está más receptivo a determinados cuentos que otros. La voz, el lugar, el momento, el universo se confabula para que aquello te diga algo y tu escuchas y te maravillas, una vez más, del poder de las historias para llegarnos tan adentro.



Ilustración de Su Blackwell.


miércoles, 11 de junio de 2014

Cuentos en el gulag: un misterio eliadeano



Hace ya mucho años, al leer el prefacio de Mircea Eliade a la edición en inglés de su novela La noche de San Juan, me encontré este pasaje que desde entonces no he podido olvidar:
El modo específico de existencia del ser humano presupone la necesidad de enterarse de lo que sucede y, por encima de todo, de lo que puede suceder en el mundo que le rodea y en su propio mundo interior. El que esto atañe a la estructura de la condición humana lo muestra, entre otras cosas, la necesidad existencial de escuchar relatos y cuentos de encantamiento. En un libro sobre los campos de concentración de soviéticos de Siberia, Le Septième Ciel, el autor J. Biemel dice que todos los internos de su barracón –casi un centenar– lograron sobrevivir (mientras en otros barracones morían diez o doce personas cada semana) porque cada noche escuchaban a una anciana contar cuentos de encantamiento. Tan imperiosa era la necesidad de historias que sentían, que cada interno renunciaba a parte de su ración diaria de comida con tal de que la anciana no tuviera que trabajar durante el día y pudiera reservar sus fuerzas para sus inagotables recitales de cuentos. («Preface» a The Forbidden Forest, Notre Dame, Indiana: University of Notre Dame Press, 1978, p.VII


Mi interés por indagar sobre la importancia para el ser humano de escuchar y contar historias deriva en gran medida, aunque no exclusivamente, de las reflexiones que Eliade hace sobre la cuestión en este prefacio, y sobre todo de la anécdota, tomada de «J. Biemel» sobre la anciana narradora del gulag y sus «inagotables recitales».

A mediados de los años noventa, cuando me decidí a sistematizar los datos y testimonios que tenía sobre esta cuestión, una de las primeras cosas que hice fue buscar la fuente original de la anécdota. En aquellos tiempos pre-internet no fue tan fácil como yo esperaba. En primer lugar, «J. Biemel» no me llevó a ninguna parte. Finalmente, di con Le troisime ciel (no Septième), una novela publicada por la parisina Plon en 1952 y nunca traducida al castellano o al inglés. La obra, al menos en parte, está ambientada en el gulag soviético, y su autor es Jean Rounault, pseudónimo de Rainer Biemel (no «J. Biemel»), un escritor rumano de lengua francesa que fue deportado por los soviéticos. Con el tiempo obtuve un ejemplar de la novela, pero mucho que busqué no pude encontrar en ella la historia de la anciana narradora. Probé con otra obra de Biemel/Rounault que sí se tradujo al inglés Nightmare: The Experiences of a French Journalist in a Soviety Labor Camp (Nueva York, Crowell, 1952), en la que el autor refiere sus experiencias en el gulag y donde era razonable esperar que estuviera la anécdota referida por Eliade. También fue en vano.
 
¿De dónde procedía, pues, la historia? Era evidente que Eliade se había confundido a la hora de citar su fuente, aunque comencé a sospechar que quizá no había tal confusión, y la anécdota era de su invención, aunque había decidido atribuírsela a un autor al menos en parte inventado.

Años después, en abril de 2006, gracias a la mediación de Joaquín Garrigós (espléndido traductor, entre otras cosas, de La noche de San Juan, publicada en 1998 por Herder), tuve la oportunidad de escribir a Mac L. Ricketts, amigo y biógrafo de Eliade, con la esperanza de que quizá él podría aclararme el misterio en torno a esta historia y su fuente original. En mi mensaje le daba cuenta de lo que había podido averiguar, y le preguntaba si le constaba que Eliade había conocido a Biemel.


En su primera respuesta Ricketts me dijo que «Eliade leía tanto que no es de extrañar que a veces se confundiera. No me consta que conociera a Biemel. Lo más probable es recordar haber leído su libro o libros, y también recordara el relato por haberlo leído en otro lugar; esa es mi suposición. Si pudiera usted encontrar a un experto en la literatura del gula esa persona quizá podría ayudarla».

Esta respuesta me decepcionó mucho, pues casi había dado por seguro que Ricketts me ayudaría a solucionar el enigma. Sin embargo, pocas horas después me mandó otro mensaje con en el que me decía que había buscado en las partes inéditas del diario de Eliade y había encontrado, en una anotación del 12 de febrero de 1949, constancia de un encuentro entre Eliade y Biemel, en casa de un amigo común. En ella Eliade describe al otro escritor como alguien «muy engreído, con los aires de un agregado cultural, protegido del ministro, y, a mismo tiempo, con el complejo de superioridad de un editor de vanguardia». En una anotación del 12 de febrero ese mismo año, proseguía Ricketts, Eliade vuelve a referirse a Biemel, y dice que es una persona obsesionada por la astrología, si bien, añade Ricketts, «es imposible saber si Eliade sabía esto por conocimiento personal o por rumores». Ricketts concluía su mensaje diciéndome: «¡De modo que por lo menos sí que lo conoció, y no le causó una impresión muy favorable!


Y esto es todo. Se tratara de una confusión de Eliade al citar la fuente, o de una extraña y retorcida forma de atribuírsela a alguien que le había caído mal, pero de quién quizá la había escuchado, el misterio sigue sin resolver. Aun así, la historia de la anciana narradora, con su salvífico e inagotable repertorio de cuentos no pierde por ello fuerza y, sí, plausibilidad. 


lunes, 2 de junio de 2014

Juana Rodríguez y el cuento de Policarpo

Este mes hemos publicado un artículo en el boletín nº 20 de AEDA (Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España). 

Nos hace especial ilusión porque nos recuerda los veranos en Prioro, León, y, sobre todo,  la persona entrañable y estupenda narradora que es Juana. 
Os invitamos a leerlo a través del siguiente enlace:

viernes, 23 de mayo de 2014

La torre de Babel y los idiomas

Esta claro que un libro puede ser una compañía excelente. Y hablo de un libro de esos que cuando empiezas a leerlo ya no puedes parar. Te habla a ti. Estableces un diálogo con el autor y con los personajes que va más allá de la letra escrita, la respiración y los espacios entre las líneas se acompasan de tal manera que estás enganchado, pillado, hasta el final, hasta la última página. Si además esto te ocurre cuando inicias un viaje largo, con muchas horas de espera, es lo mejor que te puede pasar, ya no estarás solo, durante todo el trayecto la diversión está garantizada: desplazamiento exterior e interior. 

Cuento esto para poneros en situación, en mis largas horas de vuelo a Ciudad del Cabo, vía Estambul, compré de segunda mano Dos mujeres en Praga de Juan José Millás, porque pensé: "esta novela me va a entretener". Y sí, me entretuvo. Me la leí de una sentada. Es una trama puzzle:  historias dentro de historias, donde se juega a inventarse la propia vida y al final uno se plantea si es más verdad lo que uno vive o lo que uno imagina. 

Pero no quería hablar de eso, sino de una notita de nada que me llamó la atención y que me llevó a doblar el borde de la página, como hago siempre, para marcarla y pensar más tarde sobre ello. La idea de que lo que puede entorpecer la comunicación entre las personas no es el desconocimiento de un idioma, sino precisamente su conocimiento, y lo expresa con esta anécdota:


El padre, muy mayor, vivía con una señora que había empezado haciéndole la comida y que había acabado instalándose en la vivienda, no se sabía muy bien en calidad de qué. La mujer era árabe y ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, pero se entendían con una precisión misteriosa en una lengua intermedia que iban creando día a día. El entendimiento quedaba reducido al ámbito de lo esencial, pero eso -pensaba Álvaro- es lo que posibilitaba la convivencia. De hecho, temía que si aquel idioma inventado se perfeccionara o se hiciera más complejo, podrían empezar a intercambiarse a través de él productos existenciales que separaran lo que la simpleza había unido.    
-Quizá el problema de la torre de Babel (...) no fue que aparecieran diferentes lenguas, sino que la que tenían se hizo más complicada ofreciendo a los usuarios la posibilidad de dudar, de contradecirse, de atribuir al otro el miedo propio.  
 (pp. 109 Edit. Espasa)

Y lo que después pensé es que en esa torre de Babel el guirigay que se montó también debió llevar a que nadie escuchará más que su propio ruido o su propio miedo, ni siquiera ya el miedo del otro, que, por otro lado, tampoco debía de ser tan diferente del propio.

Viajar va muy bien para volver a lo simple: un pie delante del otro es lo que se necesita para seguir avanzando. Cuando más viajas, más cerca del destino estás. Y a veces para entender, lo que necesitas es callarte, no hablar. 




sábado, 26 de abril de 2014

Al pie del Monte Mesa

Hace unas semanas que hemos vuelto a viajar al hemisferio sur, de nuevo en nuestra amada Ciudad del Cabo y de nuevo al pie del Monte Mesa.


Es fácil sentirse impresionado por la belleza del lugar y la majestuosidad de las montañas.

No importa las veces que hayas visto ponerse el sol tras la montaña de La Cabeza del León. Siempre lo añoras. Siempre es hermoso deleitarse una vez más con el silencio y la belleza que parece sobrevenir anunciando la noche.



Pensé que el corazón me daría mil vueltas otra vez al bajar del avión y ver a los amigos y revisitar los lugares. Pero esto es volver a casa. 

Nos sentimos como si fuera ayer cuando paseábamos por aquí y sonreíamos ante las cosas conocidas que hace tiempo que no veíamos o que no probábamos: las proteas que se abren...



Y la cerveza de jengibre o el paté de snoek... hmmm ¡qué bueno!


Disfrutamos de las pequeñas y de las grandes cosas y, sobre todo, de poder compartirlas con los amigos sudáfricanos. No hay nada como hablar cara a cara y no a través de la pantalla del ordenador. 

La semana que viene yo estaré otra vez de vuelta en Barcelona, y Jose unas semanas más tarde, pero el instante, el AQUÍ Y AHORA tiene alma africana y la cantamos en esta primavera-otoño.


martes, 1 de abril de 2014

SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

Hace unas semanas terminé de leerme la novela Sueño en el Pabellón Rojo de Cao Xueqin. Está considerada por muchos como la gran novela de la literatura clásica china. Y desde luego no cabe duda de que es una obra maestra que ha sabido resistir el paso del tiempo conservando intacta su belleza.

La obra, que data del s.XVIII, se empezó vendiendo en copias manuscritas en ferias y mercados con diferentes títulos (otro muy popular fue: Memorias de una roca).Al parecer no hay ninguna duda sobre la autoría de los primeros 80 capítulos de la novela, pero los estudiosos no se ponen de acuerdo con respecto a los últimos 40 capítulos, que es posible que se escribieran a posteriori y debido al enorme éxito alcanzado por la historia.

En la edición que yo he leído de Sueño en el Pabellón Rojo, de Círculo de Lectores, la editorial se ha decidido por sacarla en dos tomos de unos 1.200 páginas cada uno.




Se trata de una edición bastante cuidada con anotaciones y una introducción breve, pero muy interesante.

Hay que reconocer que la novela tiene cierta dificultad de lectura. Son más de 2000 páginas con 400 personajes, la mayoría de ellos emparentados entre sí y, por lo tanto, los nombres se parecen mucho; además, lógicamente, son nombres chinos, con su cierta dificultad para un occidental de poder distinguir entre femenino y masculino... En fin, te acabas haciendo un lío, incluso aunque te mires el árbol genealógico de la parte de atrás del libro. 

Pero superado ese escollo, que, aunque no es menor, tampoco es intransitable. ¿Cómo no dejarse envolver por un lugar donde la poesía era obligada hasta para beberse una copa de alcohol? ¿Dónde el lujo llegaba al extremo de crear jardines para celebrar la visita de una concubina imperial? 

Un mundo feudal, agresivo, sujeto a las inclemencias del tiempo y a los abusos de los señores y del poder imperial, pero también un lugar donde tienen lugar las reflexiones filosóficas, los juegos sexuales, las traiciones y las tensiones amorosas, todo al mismo tiempo, y, a menudo, con los mismos protagonistas. 

¿Cómo no dejarse arrastrar por todo ello, si además está escrito de una forma tan apabullantemente delicada, con unas imágenes que te trasladan a otra época, con tanto lujo de detalles que es como si vieras una pintura, como si estuvieras visitando un paisaje por el pudieras caminar? Irresistible, la verdad.

La novela arranca de una forma mítica. La diosa Nüwa quería reparar la bóveda celeste y necesitaba rocas para ello, acudió al Acantilado de lo Insondable, en la Montaña de la Inmensa Soledad, donde las consiguió. Una vez reparada la bóveda le sobró una roca y ésta quiso bajar al mundo para conocer nuestros avatares. Lo hizo de una manera curiosa, transformada en una piedra de jade, una piedra muy pequeña que apareció en la boca de Jia Baoyu. 

Jia Baoyu pertenece a una familia muy rica de la que acabaremos sabiendo muchas cosas a lo largo de la novela.

Los personajes femeninos está magistralmente tratados. Resultan mucho más atractivos que los masculinos, que acaban siendo bastante predecibles. 

Os dejo una descripción a modo de invitación a la lectura de Sueño en el Pabellón Rojo y para que veáis si esto no es pintar con palabras:


  Y es que el vino amarillo no le había sentado bien a la abuela Liu, y tanta comida y tan grasienta le había producido una sed que aplacó con ingentes cantidades de té, todo lo cual, mezclado, había contribuido a descomponerle el estómago. Así, pasó un buen rato acuclillada en el retrete. Cuando por fin se incorporó, el vino se le había subido a la cabeza y, como ya era de edad, avanzada, tanto tiempo en cuclillas le había producido tal mareo que ahora no recordaba el camino de regreso. 
 Miró en torno suyo. Por todas partes se alzaban árboles, rocas, torres y pabellones, pero, incapaz de orientarse, no tuvo más remedio que ir cojeando lentamente por un sendero empedrado hasta llegar a un edificio. Buscó un buen rato la entrada hasta que dio con una cerca de bambú. "Así que también aquí tienen habichuelas", pensó al verla.  Bordeando la cerca llegó hasta un portón en forma de luna y lo cruzó. Delante de ella apareció un estanque de unos cinco o seis pies de ancho, con las orillas cubiertas de lajas, en el que desembocaba un arroyo verde. Para cruzarlo había una larga laja blanca por la que pasó a un sendero empedrado que, más allá de un par de meandros, se detenía ante una puerta. Lo primero que vio al entrar fue a una muchacha que le daba, sonriente, la bienvenida. 
-He perdido a las jóvenes damas -dijo atropelladamente la abuela Liu-. He tenido que dar muchas vueltas hasta encontrar este sitio.
Al no recibir respuesta de la muchacha, la anciana se adelantó para cogerle la mano y, ¡pum!, se dio un cabezazo contra un tabique de madera. Al observarlo con más detenimiento descubrió que se trataba de un cuadro. ¡Extraño! ¿Cómo habrían conseguido que la figura se proyectase como una persona real? Pero al tocarla constató que se trataba de una figura plana. (...)
De pronto la abuela Liu recordó haber oído alguna vez que los ricos tienen en sus casas una especie de espejo de cuerpo entero, y columbró que estaba hablando con su propio reflejo. 
(pp. 717-718. Sueño en el Pabellón Rojo. Cao Xuequin. Traducción de Zhao Zhenjiang y de José Antonio García Sánchez)