jueves, 30 de julio de 2015

REGRESO AL KAROO

Ha salido publicado en la revista Tantágora el segundo artículo de otro de nuestros viajes recogiendo cuentos en el Karoo. 

En esta ocasión recorremos Brandvlei, Swartkop y Vanwyksvlei y escuchamos el cuento del fiel caballo blanco y el anciano ciego, que nos dejó bastante impactados, de boca de Klaas van Zyl.

Para leer el artículo pinchar AQUÍ



domingo, 5 de julio de 2015

EL LIBRO DE LAS COSAS PERDIDAS

Acabo de terminar de leer The book of lost things de John Connolly, editado en castellano por la editorial Oniro.




Si llevara un club de lectura es un libro que propondría sin lugar a dudas porque creo que es muy interesante para debatir sobre él, trata muchos temas y es un muy redondo en cuanto a su estructura. En cuanto a ritmo lo he encontrado un poco desigual, ha habido momentos muy trepidantes y otros en los que lo he encontrado un tanto reiterativo, pero se lo perdono por la cantidad de aciertos que tiene.

En primer lugar es un libro que trata de las historias y de la necesidad que tienen de ser contadas. También podríamos decir de la necesidad que nosotros, los seres humanos tenemos de ellas y de que nos las cuenten y de contárnoslas, una y otra vez. De cómo nos las cuenten y de cómo nos las contamos en la infancia y a lo largo de nuestra vida depende nuestro mundo y nuestra felicidad. 

Eso es lo que le dice la madre de David, el protagonista del libro, cuando le lee, y eso es lo que él cree y lo que resulta esencial para su viaje de transformación de la niñez a la madurez. 


Stories were different, though: they came alive in the telling. Without a human voice to read them aloud, or a pair of wide eyes following them by torch light beneath a blanket, they had no real existence in our world. They were like seeds in the beak of a bird, waiting to fall to earth, or the notes of a song laid out on a sheet, yearning for an instrument to bring their music into being. They lay dormant, hoping for the chance to emerge. Once someone started to read them, they could begin to change. They could take root in the imagination and transform the reader. Stories wanted to be read, David's mother would whisper. They needed it. It was the reason they forced themselves from their world into ours. They wanted us to give them life. 
(Pag. 3 The Book of lost things)
Los cuentos, sin embargo, eran diferentes: cobraban vida al contarlos. Sin una voz humana para leerlos en voz alta, o un par de ojos bien abiertos que los recorrieran bajo una manta, a la luz de la linterna, no tenían existencia en nuestro mundo. Eran como semillas en el pico de un pájaro, esperando a caer sobre la tierra, o notas de una canción escritas en una partitura, ansiando el instrumento que diera ser a su música. Yacían aletargados, a la espera de la oportunidad de emerger. Una vez alguien empezaba a leerlos, podían empezar a cambiar. Podían arraigar en la imaginación y transformar al lector. Los cuentos querían ser leídos, susurraba la madre de David. Lo necesitaban. Por ese motivo se introducían a toda costa en nuestro mundo desde el suyo. Querían que les diéramos vida. 
(Traducción José Manuel de Prada-Samper) 



El David niño piensa que el destino de su madre, que está muy enferma, puede estar ligado a una serie de acciones que el se ve obligado a realizar cada día: como levantarse siempre con el pie izquierdo o contar hasta veinte cada vez que se lava los dientes... cosas de este estilo que le hacen pensar que tiene una especie de control sobre el mundo y sobre lo que pasa en él. Por qué, ¿cómo puede aceptar nadie la pérdida de un ser querido? ¿Es eso lógico y razonable? 

No, no lo es, claro que no lo es, porque nuestro mundo no es lógico ni razonable. Pero aceptar eso, igual que aceptar el duelo y la pérdida es mucho más duro cuando faltan años de experiencia que te curtan un poco. ¿Ayudan o pueden ayudar los cuentos en ese proceso? 

Los relatos tradicionales han estado entre nosotros no sólo con la función de entretener sino también de aportarnos conocimiento y experiencia; nos abren los ojos a otras realidades y formas de percibir las cosas y por eso son esenciales en nuestro crecimiento.

John Connolly se permite un juego transgresor con algunos relatos tradicionales como la Bella Durmiente, Blancanieves y los siete enanitos o la Bella y la Bestia. Algunos de ellos son divertidos, otros, la mayoría, es donde habitan nuestros miedos más arraigados y donde damos vida a nuestras más profundas pesadillas. Leer el relato es leer al protagonista y descubrir quién es.
Una invitación no carente de sorpresas, sangre y riesgo, como toda aventura que se precie. 



domingo, 28 de junio de 2015

HOMO NARRANS



Nos hace ilusión presentaros desde escuchando con los ojos (nuestro cuaderno de bitácora) otra página web/blog en la que hemos estado trabajando durante hace ya algún tiempo: HOMO NARRANS. 




En ella colaboramos Ignasi Potrony, Susana Tornero, Jose y yo.

Homo narrans nace del gusto y del amor por la palabra. Para compartirla, imaginarla, dibujarla y pensarla. 

Podréis navegar en castellano, catalán o inglés por esta página.

homonarrans.net

Esperamos que os guste.

Por lo demás seguiremos con nuestras cosas habituales, con mayor o menor intensidad, según el trabajo o los viajes nos dejan, en este vuestro blog también :-)







domingo, 8 de marzo de 2015

Visitando la tierra de los bosquimanos /Xam

Nos hace mucha ilusión compartir con vosotros en nuestro blog un artículo que salió publicado hace unas semanas en la revista de narración oral Tantágora sobre uno de nuestros primeros viajes a la tierra de los /Xam, en el alto Karoo, Sudáfrica.

Como podréis ver en él compartimos las experiencias del viaje y uno de los primeros cuentos que escuchamos de Magdalena Beukes.

Es el primero de una serie de artículos sobre nuestros viajes de los últimos años.

Para leer el artículo pinchar AQUÍ.

Esperamos que os guste.






lunes, 23 de febrero de 2015

EL AÑO DE LA CABRA DE MADERA

La semana pasada empezó el Año Nuevo chino, que se rige por el ciclo lunar, y que en esta ocasión está bajo el signo de la cabra de madera. 

Mi amiga Alicia Promio hizo una preciosa caligrafía de este signo pintada con el dedo:



Hicimos una pequeña celebración con una cena y nuestras propias galletitas de la suerte, que no se podían comer, porque las hicimos de papel ella y yo, pero en las que escribimos pensamientos de Confucio y otras citas de sabiduría oriental elegidas un poco al azar. A ver lo que la suerte nos deparaba a cada una de las seis amigas que nos reunimos... Y luego, también al azar, cada una eligió una, o dos...

Galletitas de la suerte



A mí me tocó: 
La aguja viste a los demás y permanece desnuda.
No puede haber arcoíris sin lluvia.  

Mientras buscaba citas leí las Analectas de Confucio y no tienen desperdicio. 
Me gustan mucho las siguientes:


Si sabes algo, dilo; si no, admítelo. Ese es el verdadero conocimiento.
Si tienes prisa no harás verdaderos progresos ni alcanzarás el éxito.
Nuestra naturaleza nos acerca, nuestras costumbres nos alejan. Sólo los sabios más sabios y los estúpidos más estúpidos no cambian.
El que no sabe el significado de las palabras no puede conocer a los hombres.
Aprender sin pensar es inútil, pensar sin aprender es peligroso.
El hombre grande se exige a sí mismo, el hombre pequeño exige a los demás.

¡Feliz y creativo año de la cabra!


sábado, 7 de febrero de 2015

“Oh, la danza de nuestra hermana”: un poema de Eugène Marais

Eugène Marais
Leí por primera vez este poema de Eugène Marais hace unos años en la rompedora antología de poesía Surafricana de Jack Cope (el que fuera amante de Ingrid Jonker) y Uys Krige, The Penguin Book of South African Verse (1968). La versión inglesa que allí aparece (págs. 191-192) es de los propios Cope y Krige.

Naturalista y poeta, Marais es uno de los grandes de las letras surafricanas. Nació en Pretoria el 9 de enero de 1871 y tras una azarosa vida, marcada por su adicción a la morfina, se quitó la vida en una granja cerca de Pelindaba, al oeste de Pretoria, el 29 de marzo de 1936.

Gran defensor del afrikáans como lengua de su gente, prefirió esa lengua al inglés y al holandés, y en ella escribió la mayor parte de su obra. Como naturalista Marais fue un precursor de la moderna ciencia de la etología, con sus estudios sobre las termitas y los babuinos. En ese campo, su libro más destacado es Die Siel van die Mier (“El corazón de la termita”, 1925), un estudio sobre la sociedad de los termiteros que fue desvergonzadamente plagiado por el escritor belga de lengua neerlandesa y premio Nobel Maurice Materlinck (1862-1949), en su libro La Vie des termites (1926). Existe una película estupenda sobre Marais, Die Wonderwerker (2012) de Katinka Heyns, que se centra en el periodo en que el poeta estuvo convaleciente de malaria en una granja del Waterberg.

Mi interés por Marais lo suscitó el libro Dwaalstories en ander vertellings (1927), que llegó a mis manos en la versión inglesa de Jacques Coetzee The Rain Bull and other tales from the San (2007). Este título (“El toro de la lluvia y otros relatos de los san”) tiene poco que ver con el original, que podría traducirse como “cuentos errabundos”.

La vinculación de estos relatos viajeros con la verdadera tradición oral de los pueblos bosquimanos del sur de África es debatible, aunque no cabe descartar que algunos elementos procedan realmente de cuentos tradicionales que Marais escuchó. El caso es que asegura haberlos escuchado de labios de un bosquimano centenario llamado Hendrik con al que parece ser que frecuentó mucho en 1913 cuando el poeta estaba pasando una temporada en la granja Rietfontein del Waterberg, al norte de Pretoria.

La prosa de los relatos es muy poética, y recuerda en muchas cosas a la de las Leyendas de Guatemala (1930) de Miguel Ángel Asturias. Como ha sugerido el biógrafo de Marais, Leon Rousseau, no cabe descartar que Hendrik relatara las historias bajo la influencia del dagga (la forma local de la marihuana) y el poeta los adaptara más tarde bajo la influencia de la morfina (The Dark Stream: The Story of Eugène Marais, Johannesburgo, Jonathan Ball, 1999, p. 262). El resultado es una obra maestra de la prosa en afrikáans.

Comoquiera que fuese el proceso de creación de las Dwaalstories, el caso es que Marais insertó en ellas varios poemas, entre los que se cuenta el que aquí ofrezco en una tentativa de traducción en verso libre. El poema no necesita mayores aclaraciones, salvo quizá decir que, por supuesto, “la gente menuda” (die kleinvolk) mencionada en la penúltima estrofa, no son otras que las termitas, que se agitan en sus moradas al sentir la proximidad de la lluvia.

El texto afrikáans lo he tomado de la web http://allpoetry.com/Die-Dans-Van-Die-Reen. La fotografía de Marais procede de la entrada sobre él en Wikipedia. La otra fotografía es de Helena, y muestra un aguacero visto desde la colina Witeberg, varios kilómetros al norte de Marydale, cruzado el río Orange, que visitamos con Neil Rusch el 15 de marzo de 2011 y que probablemente es K”amm xhára ka !kau, la elevación desde la que, según ||kabbo, cierto !gixa de |xam-ka !au “cortaba la lluvia” para aliviar la sequía en su territorio. No es propiamente el Kalahari, pero sin duda esta zona de sabana se parece a la que Marais tenía en mente al componer el poema. Estoy en deuda con mi profesor de afrikáans, Izak Johann Meyer, quien me ayudó en su día a pulir una traducción al ingles de “Die dans van die reën” que hice como ejercicio de clase. El poema, sin embargo, está traducido al castellano directamente de la lengua original.



Dien dans van die reën
Eugène Marais
Lied van die vioolspeler, Jan Konterdans, Uit die Groot Woestyn

O die dans van ons Suster!
Eers oor die bergtop loer sy skelm,
en haar oge is skaam;
en sy lag saggies.
En van ver af wink sy met die een hand;
haar armbande blink en haar krale skitter;
saggies roep sy.

Sy vertel die winde van die dans
en sy nooi hulle uit, want die werf is wyd en die bruilof groot.

Die grootwild jaag uit die vlakte,
hulle dam op die bulttop,
wyd rek hulle die neusgate
en hulle sluk die wind;
en hulle buk, om haar fyn spore op die sand te sien.

Die kleinvolk diep onder die grond hoor die sleep van haar voete,
en hulle kruip nader en sing saggies:
Ons Suster! Ons Suster! Jy het gekom! Jy het gekom!”

En haar krale skud,
en haar koperringe blink in die wegraak van die son.
Op haar voorkop is die vuurpluim van die berggier;
sy trap af van die hoogte;
sy sprei die vaalkaros met altwee arms uit;
die asem van die wind raak weg.
O, die dans van ons Suster!

La danza de la lluvia
Eugène Marais

Canción del violinista Jan Konterdans, del Gran Desierto (Kalahari)

¡Oh la danza de nuestra hermana!
Primero, otea taimada desde la cima
tímidos los ojos;
la risa dulce.
Y desde lejos hace señas con una mano;
sus brazaletes brillan y centellean sus abalorios,
con dulzura llama.

Habla a los vientos de la danza
y los invita, porque la explanada es amplia y espléndidas serán las bodas.

Los grandes antílopes corren sobre la llanura,
se congregan en lo alto de la colina,
dilatan al máximo sus fosas nasales
y tragan el viento;
y se inclinan, para ver sobre la arena su rastro sutil.

En lo hondo de la tierra, la gente menuda
escucha el murmullo de sus pies,
y se acerca a rastras y canta suavemente:
¡Hermana! ¡Hermana! ¡Has venido! ¡Has venido!’’

Y sus abalorios se agitan,
y sus ajorcas de cobre relumbran en el descenso del sol.
Sobre su frente está el penacho de fuego del águila de la montaña;
desciende desde las alturas,
con ambos brazos despliega el manto gris;
el aliento del viento se pierde.
¡Oh la danza de nuestra hermana!

Traducción de J. M. de Prada-Samper


martes, 27 de enero de 2015

En el 183 cumpleaños de Lewis Carrol

Hoy es el 183 aniversario del nacimiento del escritor y fotógrafo británico Charles Ludwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll (1832-1898), a quien debo no sólo mi pasión por la literatura, sino también mi conocimiento de la lengua inglesa, y de todos los caminos que dicho conocimiento me ha abierto. A Carroll debo también mi amistad, no por más breve menos atesorada, con Luis Maristany (1937-1992), quizá el mejor traductor de Carroll al castellano.

Al finales del verano 1977, entre unos libros de mi padre que estaban pendientes de embalarse antes de su traslado al nuevo apartamento al nos íbamos a mudar al inicio del curso, me encontré con Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, en ediciones del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, que yo entonces pensaba que sólo publicaba cosas muy serias. Hasta ese momento, lo único que sabía de Carroll es que, además de haber escrito Alicia en el país de las maravillas, había sido también matemático. 




Ignoraba por completo que el libro tuviera una segunda parte, y que pudiera tener el más mínimo interés para los adultos. Por aquellos tiempos de mi incipiente adolescencia, yo era, culturalmente hablando, un tarugo cuya lectura más seria era La llamada de la selva de Jack London, y cuyos gustos en materia de libros que no se fuesen cómics se decantaban sobre todo por las novelas originales de Tarzán escritas por Edgar Rice Burroughs. Para mí Alicia consistía sobre todo en una película de Disney que sólo conocía en una versión en cómic, y alguna adaptación ñoña que, en algún momento, se había cruzado en mi camino.

Pero aquellos dos libros que tenía en las manos parecían novelas, si bien estaban profusamente ilustrados con unas imágenes de un estilo anticuado pero atractivo, y además estaban repletos de notas. Había en ellos algo subyugante que decía, imperiosamente, “¡Léenos!”

Y así lo hice. Aquel final de vacaciones de 1977 será para mí siempre aquel en el que me leí por primera vez los libros de Alicia en la traducción (pionera entre las versiones integrales) de Jaime de Ojeda, publicada en Madrid por Alianza Editorial en 1970 (Alicia) y 1973 (Alicia a través del espejo). Me enamoré no sólo de ellos, sino de su autor y de la época en la que vivió, de la que se hablaba con detalle en las notas. Éstas también se referían a menudo a los juegos de palabras “intraducibles” que salpicaban la obra, y que hacen aconsejable leerla en el original.

Esto último hizo que a mí, que estudiaba inglés a regañadientes porque no le veía ninguna utilidad práctica, me entraran unas ganas irreprimibles de dominar esa lengua. Eso no impidió que todavía durante el BUP me suspendieran varias veces esa asignatura, pero el caso es que en 1981, con dieciocho años cumplidos, ya puede decirse que podía leer más o menos de corrido cualquier texto en esa lengua. Eso lo pude constatar en el verano de ese año, cuando fui a perfeccionar la lengua a… Dublín. Sí, Dublín. Podría haber elegido Oxford, es verdad, pero es que para entonces otra pasión literaria me consumía (sin que por ello la anterior me hubiese abandonado).


En efecto, lo habéis adivinado: por aquel entonces yo había caído a los pies de James Joyce, y aquel viaje a Irlanda tenía menos que ver con el aprendizaje de la lengua inglesa que con el impulso de peregrinar a los santos lugares joyceanos: la torre Martello de Sandycove, el número 7 de la calle Eccles… Pero esta es otra historia, que ya os contaré (o no) en el siguiente aniversario.