martes, 19 de agosto de 2014

Viajar con las palabras

Ahora que es tiempo de viajes, compartimos con vosotros tres citas que nos gustan sobre este tema:


Viaja no para encontrarte a ti mismo, sino para recordar
quien nunca has dejado de ser.


"Viajar te deja sin habla para convertirte luego en un narrador".
Ibn Battuta



Viajamos no para escapar de la vida, sino para que la
vida no se nos escape.
 

Todas las citas están compartidas a través de pinterest.



miércoles, 13 de agosto de 2014

El árbol de la vida. Healing Storytelling Symposium en Finlandia.

Del 27 de julio al 2 de agosto hemos participado en: Tree of Life. Healing Storytelling Symposium que ha tenido lugar en la preciosa localidad de Karjaa en Finlandia.


Rodeados de árboles, un lago y acompañados por un tiempo que era más propio del mediterráneo que de los países escandinavos (una media de 30ºC) los 90 participantes del evento, hemos podido disfrutar de las historias que, en muchas y variadas formas, nos conectaban con el presente, el pasado, el futuro, la naturaleza y nosotros mismos. 

 
Ha sido una experiencia intensa y enriquecedora para nosotros, como narradores y como personas, porque viajar nos hace explorar el mundo y exponernos a otras maneras de mirar y darnos cuenta que nunca nada es lo que se espera, siempre es mejor, si estás dispuesto a abrirte al otro y dejarte llevar por la curiosidad y el deseo de aprender.


Fue fantástico compartir nuestro historias del taller Once upon a time is still now. Historias de la colección Bleek-Lloyd con historias que hemos recogido en los viajes por el Karoo, en Suráfrica. Historias que se contaron hace mucho, historias que se cuentan ahora en la otra punta del hemisferio sur. ¿Qué nos tenían que decir esos relatos? Viajamos con ellos y a través de las imágenes. Nos intercambiamos opiniones, intuiciones, ideas, conceptos y tal vez nos llevamos enganchados como propios los pensamientos de otros que modificaron los nuestros. Porque en la revisión de los cuentos y en el hablar sobre ellos está eso en lo que nosotros creemos firmemente, aunque ahora con un sentido distinto al que le dimos en el taller:  Érase una vez sigue siendo ahora.

La organización fue impecable y tuvimos la suerte de conocer a gente muy interesante y de realizar algún taller -nos hubiera gustado realizar más de uno- Ahsley Ramsden, Roy Gal-Or, Inger Lise Oelrich, Markus Luukoonen, Margot Henderson, Henrik Bredholt y Ann-Mai-Britt Fjord (Klezmerduo)..., pero hay alguien que no puede faltar y sin la que no hubiéramos estado allí, que nos conocimos en la distancia durante años, y a la que vimos sólo unos días antes, ¡y por casualidad!, nuestra entregada y dulce María Serrano. Tuvimos la suerte de oírles contar y de contar para ellos, en el caso de Klezmerduo, de oírles  hacer música con la que no puedes evitar bailar (¿lo dudas?? (Pincha aquí)

Foto de Virgo Karp

Hemos vuelto leyendo el Kalevala para seguir caminando por esos bosques de Finlandia....

Terminamos con la frase de ese libro con la que solían concluir las reuniones matinales de  los profesores del simposium
Lyökämme käsi kätehen ... lauloaksemme hyviä, parahia pannaksemme
Que significa simplemente "enlacemos nuestras manos".

jueves, 3 de julio de 2014

EL CAMINO

La semana pasada estuve con mi amiga Carmen Glez haciendo cuatro etapas del Camino de Santiago, de Roncesvalles a Estella. Pasamos un último día viendo Estella y visitando los monasterios de Iranzu, de Iratxe y la Fuente del vino. 

Siempre había querido hacer el Camino de Santiago y, aunque no he llegado a Santiago, tiene sentido hacer el Camino porque lo que importa no es llegar, es lo que pasa durante el viaje, el camino en sí. Así es como lo veo yo.



La experiencia ha sido fantástica y repetiré seguro. Repetiremos las dos. 

Quizá fuimos un poco ambiciosas para lo poco preparadas que íbamos físicamente, porque son ochenta y ocho kilómetros en cuatro días lo que tienes que caminar en esas etapas, repartidas en tandas de veintitantos kilómetros. 

Casi cada día acabábamos pensando que a la siguiente igual nos quedábamos a la mitad y que no importaba si no llegábamos, que daba igual, que no se trataba de cumplir ningún reto ni nada por el estilo; pero seguimos caminando, primero de Roncesvalles a Zubiri,luego de Zubiri a Pamplona, de Pamplona a Puente la Reina y de Puente la Reina a Estella. Entre bosques de hayas, robles y encinas, atravesando campos de espigas y pueblecitos con iglesias románicas. Caminando. Caminando y descansando.

De Puente la Reina a Estella
Puente La Reina
De Roncesvalles a Zubiri

San Pedro-Estella

He descubierto lo importante que es comer y descansar, pero descansar lo justo para que luego el cuerpo responda, porque si descansas demasiado luego te quedas roto y ya no hay quien te ponga en marcha de nuevo.

Y comer lo suficiente para sentir cómo la energía te carga las pilas y te da fuerza para ponerte en marcha.

Me ha gustado la determinación de levantarnos a las 6 de la mañana y saludar al día cuando aún está oscuro sabiendo que, aunque llueva o truene, vas a salir al mundo a caminar.  Teníamos suerte porque, aunque las previsiones eran pésimas, y daba lluvias y tormentas casi todos los días, llovía cuando llegamos a los sitios, pero no durante el camino. De todas formas, aunque hubiera llovido, hubiéramos salido igual, ese era el espíritu.

El paso lento hace que puedas ver el cambio del paisaje y observar las nubes y el color del cielo. Oír el silencio del bosque, el arrullo del río o el canto de los pájaros. También, es verdad, el ruido de las fábricas o los coches que pasaban por las carreteras a lo lejos en algunos tramos.

Te das cuenta de lo poco que necesitas para vivir: casi todo cabe en un mochila que llevas a las espaldas y que pesa. Vaya si pesa. 

Pero el peso de la mochila, el dolor de los pies, el cansancio... todo pasa si aguantas lo suficiente. Es lo más parecido a experimentar lo que me decían durante todo el año en la meditación zazen a la que he estado yendo: "no hagas caso a las molestias o al dolor porque pasarán". Oye, tal cual, al rato viene otra cosa, que te molesta más. Lo bueno es que nos acabábamos riendo de ello y llegaba un punto que, si estás sano, si tu cuerpo está sano, se recupera. Una ducha y un poco de descanso hacen el milagro.

Y el Camino, como la vida, te trae gente que camina un rato contigo, luego la dejas o te deja. Da igual. Compartes unos pasos. A menudo se preocupan por cómo lo llevas o te preocupas tú. 

Y cuando te vas siempre les deseas, como yo os deseo ahora: ¡Buen Camino!

domingo, 22 de junio de 2014

La palabra que vuela

Este mes de junio, por diferentes circunstancias, he ido a contar a varias prisiones de Barcelona. Me gusta llevar los cuentos a sitios donde se necesitan y creo que allí se necesitan porque, independientemente de las razones por las que la vida les haya llevado a cada uno allí, lo cierto es que, estaréis conmigo, no es un lugar agradable en el que estar. 


Si hay algo que no se puede encerrar es la palabra y la imaginación: esa vuela libre y regresa al lugar de donde vinimos o viaja a los lugares donde nos gustaría estar. Tener el poder de emocionarse con las historias significa ser capaz de salir de uno mismo y conectar con otros mundos que se hacen propios por un instante; en ese viaje y en esa relación hay infinitas posibilidades.

Hace mucho tiempo conté en una prisión de mujeres una historia que produjo un efecto en ellas (porque era una prisión de mujeres) y en mí que nunca olvidé, y que el otro día volvió a repetirse.

Les conté un libro ilustrado: El árbol generoso (The giving tree) de Shel Silverstein. Es la historia de un árbol y de un niño que va creciendo a lo largo del relato. El árbol siempre da y el niño siempre recibe y nunca se queda satisfecho. Al final uno se pregunta con cierta tristeza quién es más feliz: si quién da o quién recibe. Y luego elegimos cuanto dar y hasta qué extremo. Ellas se identificaron por completo con el árbol hasta el punto que me dijeron: ¡el árbol es mujer!


Me hizo gracia porque en inglés el pronombre usado para el árbol es She/Ella, así que en cierto modo, era verdad. El árbol era mujer. 

Mi amiga y contadora Catherine Favret les contó varias historias de los orishas, entre ellas cómo se formó el arco iris, y pude ver como varias de las chicas se emocionaban en un auténtico viaje a los orígenes porque eran cubanas. Los orishas para ellas no son solo cuentos bonitos, son una religión, algo que toca las raíces y el alma. 

En realidad, pensé, todas las historias tienen este poder de emocionar, tocarnos de una manera u otra y transformarnos.

Pero hay momentos en los que uno está más receptivo a determinados cuentos que otros. La voz, el lugar, el momento, el universo se confabula para que aquello te diga algo y tu escuchas y te maravillas, una vez más, del poder de las historias para llegarnos tan adentro.



Ilustración de Su Blackwell.


miércoles, 11 de junio de 2014

Cuentos en el gulag: un misterio eliadeano



Hace ya mucho años, al leer el prefacio de Mircea Eliade a la edición en inglés de su novela La noche de San Juan, me encontré este pasaje que desde entonces no he podido olvidar:
El modo específico de existencia del ser humano presupone la necesidad de enterarse de lo que sucede y, por encima de todo, de lo que puede suceder en el mundo que le rodea y en su propio mundo interior. El que esto atañe a la estructura de la condición humana lo muestra, entre otras cosas, la necesidad existencial de escuchar relatos y cuentos de encantamiento. En un libro sobre los campos de concentración de soviéticos de Siberia, Le Septième Ciel, el autor J. Biemel dice que todos los internos de su barracón –casi un centenar– lograron sobrevivir (mientras en otros barracones morían diez o doce personas cada semana) porque cada noche escuchaban a una anciana contar cuentos de encantamiento. Tan imperiosa era la necesidad de historias que sentían, que cada interno renunciaba a parte de su ración diaria de comida con tal de que la anciana no tuviera que trabajar durante el día y pudiera reservar sus fuerzas para sus inagotables recitales de cuentos. («Preface» a The Forbidden Forest, Notre Dame, Indiana: University of Notre Dame Press, 1978, p.VII


Mi interés por indagar sobre la importancia para el ser humano de escuchar y contar historias deriva en gran medida, aunque no exclusivamente, de las reflexiones que Eliade hace sobre la cuestión en este prefacio, y sobre todo de la anécdota, tomada de «J. Biemel» sobre la anciana narradora del gulag y sus «inagotables recitales».

A mediados de los años noventa, cuando me decidí a sistematizar los datos y testimonios que tenía sobre esta cuestión, una de las primeras cosas que hice fue buscar la fuente original de la anécdota. En aquellos tiempos pre-internet no fue tan fácil como yo esperaba. En primer lugar, «J. Biemel» no me llevó a ninguna parte. Finalmente, di con Le troisime ciel (no Septième), una novela publicada por la parisina Plon en 1952 y nunca traducida al castellano o al inglés. La obra, al menos en parte, está ambientada en el gulag soviético, y su autor es Jean Rounault, pseudónimo de Rainer Biemel (no «J. Biemel»), un escritor rumano de lengua francesa que fue deportado por los soviéticos. Con el tiempo obtuve un ejemplar de la novela, pero mucho que busqué no pude encontrar en ella la historia de la anciana narradora. Probé con otra obra de Biemel/Rounault que sí se tradujo al inglés Nightmare: The Experiences of a French Journalist in a Soviety Labor Camp (Nueva York, Crowell, 1952), en la que el autor refiere sus experiencias en el gulag y donde era razonable esperar que estuviera la anécdota referida por Eliade. También fue en vano.
 
¿De dónde procedía, pues, la historia? Era evidente que Eliade se había confundido a la hora de citar su fuente, aunque comencé a sospechar que quizá no había tal confusión, y la anécdota era de su invención, aunque había decidido atribuírsela a un autor al menos en parte inventado.

Años después, en abril de 2006, gracias a la mediación de Joaquín Garrigós (espléndido traductor, entre otras cosas, de La noche de San Juan, publicada en 1998 por Herder), tuve la oportunidad de escribir a Mac L. Ricketts, amigo y biógrafo de Eliade, con la esperanza de que quizá él podría aclararme el misterio en torno a esta historia y su fuente original. En mi mensaje le daba cuenta de lo que había podido averiguar, y le preguntaba si le constaba que Eliade había conocido a Biemel.


En su primera respuesta Ricketts me dijo que «Eliade leía tanto que no es de extrañar que a veces se confundiera. No me consta que conociera a Biemel. Lo más probable es recordar haber leído su libro o libros, y también recordara el relato por haberlo leído en otro lugar; esa es mi suposición. Si pudiera usted encontrar a un experto en la literatura del gula esa persona quizá podría ayudarla».

Esta respuesta me decepcionó mucho, pues casi había dado por seguro que Ricketts me ayudaría a solucionar el enigma. Sin embargo, pocas horas después me mandó otro mensaje con en el que me decía que había buscado en las partes inéditas del diario de Eliade y había encontrado, en una anotación del 12 de febrero de 1949, constancia de un encuentro entre Eliade y Biemel, en casa de un amigo común. En ella Eliade describe al otro escritor como alguien «muy engreído, con los aires de un agregado cultural, protegido del ministro, y, a mismo tiempo, con el complejo de superioridad de un editor de vanguardia». En una anotación del 12 de febrero ese mismo año, proseguía Ricketts, Eliade vuelve a referirse a Biemel, y dice que es una persona obsesionada por la astrología, si bien, añade Ricketts, «es imposible saber si Eliade sabía esto por conocimiento personal o por rumores». Ricketts concluía su mensaje diciéndome: «¡De modo que por lo menos sí que lo conoció, y no le causó una impresión muy favorable!


Y esto es todo. Se tratara de una confusión de Eliade al citar la fuente, o de una extraña y retorcida forma de atribuírsela a alguien que le había caído mal, pero de quién quizá la había escuchado, el misterio sigue sin resolver. Aun así, la historia de la anciana narradora, con su salvífico e inagotable repertorio de cuentos no pierde por ello fuerza y, sí, plausibilidad. 


lunes, 2 de junio de 2014

Juana Rodríguez y el cuento de Policarpo

Este mes hemos publicado un artículo en el boletín nº 20 de AEDA (Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España). 

Nos hace especial ilusión porque nos recuerda los veranos en Prioro, León, y, sobre todo,  la persona entrañable y estupenda narradora que es Juana. 
Os invitamos a leerlo a través del siguiente enlace:

viernes, 23 de mayo de 2014

La torre de Babel y los idiomas

Esta claro que un libro puede ser una compañía excelente. Y hablo de un libro de esos que cuando empiezas a leerlo ya no puedes parar. Te habla a ti. Estableces un diálogo con el autor y con los personajes que va más allá de la letra escrita, la respiración y los espacios entre las líneas se acompasan de tal manera que estás enganchado, pillado, hasta el final, hasta la última página. Si además esto te ocurre cuando inicias un viaje largo, con muchas horas de espera, es lo mejor que te puede pasar, ya no estarás solo, durante todo el trayecto la diversión está garantizada: desplazamiento exterior e interior. 

Cuento esto para poneros en situación, en mis largas horas de vuelo a Ciudad del Cabo, vía Estambul, compré de segunda mano Dos mujeres en Praga de Juan José Millás, porque pensé: "esta novela me va a entretener". Y sí, me entretuvo. Me la leí de una sentada. Es una trama puzzle:  historias dentro de historias, donde se juega a inventarse la propia vida y al final uno se plantea si es más verdad lo que uno vive o lo que uno imagina. 

Pero no quería hablar de eso, sino de una notita de nada que me llamó la atención y que me llevó a doblar el borde de la página, como hago siempre, para marcarla y pensar más tarde sobre ello. La idea de que lo que puede entorpecer la comunicación entre las personas no es el desconocimiento de un idioma, sino precisamente su conocimiento, y lo expresa con esta anécdota:


El padre, muy mayor, vivía con una señora que había empezado haciéndole la comida y que había acabado instalándose en la vivienda, no se sabía muy bien en calidad de qué. La mujer era árabe y ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, pero se entendían con una precisión misteriosa en una lengua intermedia que iban creando día a día. El entendimiento quedaba reducido al ámbito de lo esencial, pero eso -pensaba Álvaro- es lo que posibilitaba la convivencia. De hecho, temía que si aquel idioma inventado se perfeccionara o se hiciera más complejo, podrían empezar a intercambiarse a través de él productos existenciales que separaran lo que la simpleza había unido.    
-Quizá el problema de la torre de Babel (...) no fue que aparecieran diferentes lenguas, sino que la que tenían se hizo más complicada ofreciendo a los usuarios la posibilidad de dudar, de contradecirse, de atribuir al otro el miedo propio.  
 (pp. 109 Edit. Espasa)

Y lo que después pensé es que en esa torre de Babel el guirigay que se montó también debió llevar a que nadie escuchará más que su propio ruido o su propio miedo, ni siquiera ya el miedo del otro, que, por otro lado, tampoco debía de ser tan diferente del propio.

Viajar va muy bien para volver a lo simple: un pie delante del otro es lo que se necesita para seguir avanzando. Cuando más viajas, más cerca del destino estás. Y a veces para entender, lo que necesitas es callarte, no hablar.