domingo, 30 de septiembre de 2007

ELIAS CANETTI

La Fundación Círculo de Lectores ha organizado una exposición en honor de Elias Canetti, con el título: Poder y supervivencia.

En esta exposición se reflexiona sobre el pensamiento y la obra de Canetti, sobre el poder de la masa, pero también de las palabras y del lenguaje.

Canetti habitó muchas lenguas: el español sefardí, el búlgaro, que curiosamente olvidó, el inglés y, sobre todo, el alemán.

Las mujeres que amó, los libros que se pasearon por su vida y los acontecimientos que le tocó vivir - transcendentales porque Canetti vivió de 1905-1994- se nos muestran en imágenes y paneles que, aunque afortunadamente no pueden resumir toda una vida, nos adentran en el pensamiento de este escritor del s. XX.

Somos lo que comemos, sí, pero también lo que leemos, y hay escritores que nos son tan cercanos y queridos que no seriamos los mismos sin ellos, a Jose le ocurre eso con Elias Canetti, por eso, y aunque se encuentra en Suráfrica, no he querido dejar de preguntarle cómo surgió esa pasión y de que manera le ha influido.

Jose: Descubrí la obra de Canetti a través de su primer libro, la novela "Auto de fe", una obra maestra de la estética de lo grotesco y lo extremo. Sentí la necesidad de leer más sobre el autor, y devoré uno tras otro aquellos de sus libros que entonces se habían traducido. Mi vocación, y la persona que soy ahora, nacen de la impresión que me causó uno de sus ensayos breves, "La profesión de escritor", donde recomienda al aspirante a escritor empaparse de mitos de los llamados pueblos primitivos. Que el hombre que había escrito "Auto de fe" pudiera dar ese consejo le conferia a este más autoridad todavía, así que lo seguí. Uno de los primeros libros que adquirí y leí siguiendo esa recomendación fue "Specimens of Bushman Folklore" de Bleek y Lloyd. Si en estos momentos estoy en Suráfrica es, entre otros motivos, para intentar encontrar un sentido a toda la hermosura y el dolor que me han acompañado desde que leí ese libro.

Helena: Por lo que a mí respecta, os quiero dejar con un texto de Canetti que habla de historias de lobos - tema que de por sí ejerce una poderosa atracción sobre mí - y en el que habla de la importancia de los relatos, de los cuentos, y de la curiosa manera como los recuerda nuestra memoria.

ELIAS CANETTI
La lengua salvada
Pag. 31-32
Edit. DeBolsillo 2005


"Algunos años excepcionales el Danubio se helaba en invierno y la gente contaba historias fabulosas sobre el fenómeno. En su juventud, mi madre cruzó varias veces en trineo a Rumania y me enseñaba las pielas en las que había ido arropada. Cuando el frío, arreciaba, los lobos bajaban de las montañas y, hambrientos, atacaban a los caballos de los trineos. El cochero intentaba ahuyentarlos a latigazos, pero eso no servía de nada y tenía que disparar contra ellos. En una de esas excursiones resultó que no se había llevado ningún arma. Un circasiano armado que vivía en casa como criado tendría que haber acompañado el trineo, pero no se había presentado y el cochero partió sin él. Fue muy difícil rechazar a los lobos y el peligro fue enorme. Si no hubiera venido casualmente de frente un trineo con dos hombres que mataron a tiros a un lobo y ahuyentaron a los demás el desenlace hubiera sido fatal. Mi madre pasó mucho miedo, describía las lenguas rojas de los lobos, que llegaron a acercársele tanto que aún años más tarde soñaba con ellos.

Yo le pedía a menudo que me contara esa historia y ella lo hacía de buena gana. Así los lobos fueron los primeros animales salvajes que poblaron mi imaginación. El temor a ellos estaba alimentado por los cuentos que oía contar a las muchachas campesinas búlgaras. Cinco, seis de ellas vivían siempre en nuestra casa. Eran muy jóvenes, tenían quizá diez o doce años, y habían sido traídas por sus familias de los pueblos a la ciudad, donde las colocaban de criadas en las casas de los burgueses. Andaban descalzas por la casa y siempre estaban de buen humor, no tenían mucho que hacer, y lo hacían juntas; fueron mis primeras compañeras de juego.

Por la noche, cuando mis padres salían, yo me quedaba en casa con ellas. A lo largo de las paredes de la gran sala de estar había sofás turcos bajos. Aparte de las alfombras que se extendían por todas partes y de algunas mesas pequeñas, eran, que yo recuerde, los únicos muebles permanentes de esa habitación. Cuando oscurecía las muchachas sentían miedo. Nos apiñábamos todos en uno de los sofás, junto a la ventana, yo en el medio, y entonces empezaban a contar sus historias de hombres-lobo y vampiros. Apenas terminaba una cuando empezaban con la siguiente, era horripilante, y sin embargo yo, apretado contra las chicas por todas partes, me sentía muy bien. Teníamos tanto miedo que nadie se atrevía a levantarse, y cuando mis padres regresaban a casa nos encontraban temblando amontonados.

De los cuentos que oí solo recuerdo los que trataban de vampiros y hombres-lobo. Quizá no me contaran otros. No puedo coger un libro de cuentos de los Balcanes sin reconocer inmediatamente alguno de ellos. Los tengo presentes con todos los detalles, aunque no en la lengua en que los oí. Los oí en búlgaro, pero los conozco en alemán esta misteriosa traducción es quizá lo más curioso que tengo que relatar de mi juventud, y como el destino lingüístico de la mayoría de los niños transcurre de otra manera debería decir algo más sobre esto. (...)"


La exposición se puede visitar en Barcelona hasta el 10 de noviembre de 2007 en:

Centro Cultural Fundación Círculo de Lectores
Consell de Cent, 323
Barcelona
Horario: de lunes a viernes de 10 a 20 h.
sábados de 11 a 14 y de 17 a 20 h.
domingos y festivos, cerrado.

domingo, 2 de septiembre de 2007

LAS HISTORIAS Y LOS FUNCIONARIOS

La semana pasada Jose y yo vimos una película que nos impactó mucho "La vida de los otros" de Florian Henckel Von Donnersmarck. Aún sigue en cartelera, o sea que recomiendo a todos los que aún no la hayan visto que no esperen más. La acción transcurre en 1984 en la República Democrática Alemana; la dictadura comunista a través de su aparato controlador, la Stasi, vigila a todos los ciudadanos susceptibles de tener afinidades políticas pro-occidentales. Pero ¿qué ocurre cuando el que vigila, el espía de la vida de los otros, escucha y se inmiscuye en las vidas de los espiados? ¿Puede permanecer indiferente a todo lo que ve y siente desde su silencioso escondrijo?

Curiosamente esta película me evocó un libro de Mircea Eliade El viejo y el funcionario. En la calle Mantuleasa. En este caso la acción transcurre en Budapest, pero también el aparato del Estado intenta controlar la vida de sus ciudadanos a través de todas sus historias. Escucharlas, transcribirlas, analizarlas, despedazarlas para etiquetarlas y limpiarlas de toda sospecha. Exactamente igual que en "La Vida de los otros".

Sin embargo, las historias, igual que la vida de las personas, tienen infinidad de ramificaciones, unas llevan a otras, y no se pueden entender si antes no se conoce la evocación de tal lugar o la relación de tal persona con tal otra. Las historias atrapan a los funcionarios del Estado, les enredan y les llevan de un lugar a otro. Luchan por evitar el etiquetaje y discurren por sinuosos vericuetos que son viajes auténticos al territorio del mito, de la leyenda y de la propia historia del individuo.

El viejecito de la novela de Mircea, Farama, es sistemáticamente interrogado por un ejército de funcionarios que se sienten subyugados por las historias que cuenta pero desbordados por ellas.

Tanto en la novela, como en la película que comentaba, como en la vida que nos toca vivir, cuando el caos y la falta de libertades amenazan nuestras identidades individuales, siempre, siempre, siempre, nos queda el incontrolable y poderoso terreno de la Narración.

"- Farama - interrumpió Ana Vogel-, beba usted el champán porque se calienta.
Farama inclinó con respeto la cabeza y se bebió toda la copa de un solo trago. Después se levantó, se inclinó varias veces, colocó la copa en la mesita y volvió a sentarse en el sillón.

- Y ahora, mientras no se pierda en historias -continuó Ana Vogel-, quiero que sepa que sí me gustan todos sus relatos, especialmente me gustaría saber lo que le ocurrió a Oana, con su marido el estoniano y con Lixandru...

- Allí quería también yo llegar - empezó Farama, sonriendo confuso-, porque en su boda, el doctor habló de sus peripecias y a través de esa boda se anudan muchas aventuras. Pero, para que comprenda bien, tiene usted que saber que Lixandru había hecho amistad con un joven algo mayor que él, de unos veinte años, Dragomir Calomfirescu. Les gustaba pasear durante la noche por las calles solamente ellos dos y hablando poco. Porque Dragomir era por naturaleza callado y meláncolico, y Lixandru, cuando no empezaba a recitar versos, tampoco hablaba. Y en una noche, después de haberse paseado bastante tiempo callados, Lixandru exclamó de repente: "Si supiera adónde llegó la saeta y dónde se encuentra Iozi, ¡lo sabría todo! "Dragomir no conocía más que fragmentos de todas estas historias y Lixandru se las relató por entero. Cuando terminó, Dragomir sonrió con amargura y dijo: "Durante mi infancia, no tuve la suerte de vivir esas raras aventuras. Todo lo que ha sido extraño y extraordinario en mi vida, me ocurrió antes de nacer y después, más tarde cuando ya no era un niño. Pero recuerdo, sin embargo, un detalle: cuando tenía unos ocho años, tuve la escarlatina y fui internado en el hospital. Me daban toda clase de libros con cuentos y aventuras. Probablemente las he leído todas, pero las he olvidado. Aunque no olvidaré nunca un cuento de Carmen Sylva, el cual no llegué a terminar porque en aquella mañana salí del hospital y todos los libros que fueron tocados por mí, como no los podían desifectar los quemaron. En verdad, de aquel cuento sólo recuerdo fragmentos aislados y quizá sin importancia: una muchacha extraordinariamente hermosa, que iba montada sobre un elefante blanco, un templo antiguo en algún lugar de la India. Eso es todo, pero para mí es el más precioso recuerdo de infancia. Años seguidos luché para encontrar el libro y terminar de leer el cuento empezado en el hospital. Pero ahora estoy seguro que no voy a descubrir jamás quién era aquella muchacha tan hermosa, que iba montada en un elefante blanco y que buscaba en un templo indio... Tú has aprendido el hebreo para comprender una aventura de infancia. Has hecho muy bien, pero ten cuidado: párate ahí..." Subrayó con tanta fuerza las palabras que Lixandru se paró y le preguntó: "¿Qué quieres decir?".

EL VIEJO Y EL FUNCIONARIO. EN LA CALLE MANTULEASA
Mircea Eliade
Edit. Laia. Abril 1984
pp 70-71

domingo, 26 de agosto de 2007

BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE.


Este mes de agosto estuvimos pasando un par de semanas en Nueva York, esa ciudad fascinante y bulliciosa de la que se dice que "nunca duerme". Jose ha ido en repetidas ocasiones y ha estudiado allí durante cerca de año y medio, pero para mí era la primera vez. Me ha gustado todo: los rascacielos, el tráfico incesante, los escaparates de las tiendas, los impresionantes museos, el día y la noche paseando por el puente de Brooklyn... Sí, me ha gustado todo, sobre todo los contrastes. El pensar que en esa ciudad, en nuestro mundo, todo es posible. Incluso sentirse solo, en medio de enormes rascacielos, por eso hemos escogido para nuestra entrada a un personaje fascinante en su repetición y aparentemente anodina vida: Bartleby, el escribiente.
















"¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar su trabajo y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial encargo, y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría no hacerlo, en otras palabras, que rehusaría de modo terminante.
Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby. Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una valiosa adquisición. En primer lugar, siempre estaba ahí, el primero por la mañana, durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su honestidad. Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente seguros en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas cóleras contra él. Puer era muy difícil no olvidar nunca esas raras peculiaridades, privilegios y excepciones inauditas que formaban las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby seguía en la oficina. A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes, distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el dedo, digamos, en el nudo incipiente de un cordón colorado con el que estaba atando unos papeles. Detrás del biombo resonaba la consabida respuesta: Preferiría no hacerlo. Y entonces, ¿cómo era posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra naturaleza dejara de contestar con amargura a una perversidad semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo, cada nueva repulsa de esta clase tendía a disminuir las posibilidades de que yo repitiera la distracción.

Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con oficinas en edificios densamente habitados, la puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer que vivía en la buhardilla, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y diariamente barría y sacudía el departamento; Turkey tenía otra, la tercera yo solía llevarla en mi bolsillo y la cuarta no sé quién la tenía.



Ahora bien, un domingo de mañana, se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a un famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi oficina. Felizmente llevaba mi llave, pero al meterla en la cerradura, encontré resistencia en la parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y un raro y andrajoso deshabillé.


Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que preferiría no recibirme por el momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y que entonces habría terminado sus tareas.

La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un domingo, con su cadavérica indiferencia caballeresca, pero tan firme y tan seguro de sí, tuvo tan extraño efecto, que de inmediato me retiré de mi puerta y cumplí sus deseos. Pero no sin variados pujos de inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba. Porque considero que es una especie de cobarde el que tranquilamente permite a su dependiente asalariado que le dé órdenes y que lo expulse de sus dominos. Además, yo estaba lleno de dudas sobre lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina, en mangas de camisa y todo deshecho, un domindo de mañana. ¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba descartado. No podía pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral. Pero, ¿qué podría estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico que fuera Bartleby, era notoriamente decente. Era la última persona para sentarse en su escritorio en un estado vecino a la desnudez. Además, era domingo y había algo en Bartleby que prohibía suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.


Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía, miré ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; en el hogar vacío, una caja de pasta y un cepillo; en una silla, una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa; en un diario, unas migas de bizcochos de jengibre y un bocado de queso. Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí.


Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande; pero su soledad, ¡qué terrible! Piensen.


Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada día es una desolación. Este edificio, también, que en los días de semana bulle de animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado.


¡Y es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto poblada - una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!


Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no desagradables. Ahora, el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán. Recordé las sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto ese día, bogando como cisnes por el Misisipí de Broadway y los comparé al pálido copista, reflexionando: Ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el undo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe. "


Bartleby el escribiente
Herman Melville
traducción de Jorge Luis Borges


José Manuel: Transcurridos casi veinte años me resulta extraño, pero lo cierto es que durante mis propias soledades neoyorquinas, en 1989, cuando acaba de llegar allí para cursar estudios de literatura comparada en la Universidad de Columbia, Melville y su "Bartleby" fueron muy importantes para mí. Mi primer trabajo para el títul0 de Master of Arts se lo dediqué a este texto tardío del autor, que comparé con sus dos primeras novelas, Typee y Omoo. El eje de mi ensayo era una comentario que había hecho Luis Izquierdo en una de sus clases de Estudios Literarios, a las que asistí cuando cursaba filología en la Universidad de Barcelona: "Bartleby desiste de actuar en el paraíso de la acción". Y, en efecto, todavía hoy Nueva York es, ante todo, eso: el paraíso de la acción. Hacia el final de mi trabajo, yo decía:

"La Wall Street a la que pertenece Bartley es un mundo estéril en el que el frenesí de la superficie oculta la intensa parálisis moral e intelectual que acecha en el alma de cada inviduo. Como el Tahití que se describe en Omú, la Wall Street de «Bartleby» es un mundo espiritualmente enfermo. Las excentricidades de Nipper y Turkey no son sino síntomas de esta descomposición. La frenética existencia que se ven obligados a llevar para ganarse el sustento es tan incompatible con el desarrollo intelectual como lo era el paradisíaco Typee para el narrador de esa obra."

Una de mis grandes paradojas como individuo es que sigo suscribiendo estas palabras a pesar de que, con el paso de los años, he terminado por encontrar en Manhattan (de la que Wall Street no es sino un epítome) mi más genuino paraíso.

domingo, 22 de julio de 2007

RECITAL DE CUENTOS EN CIGUÑUELA, VALLADOLID

El pasado miércoles 11 de julio, Helena y yo contamos cuentos en el atrio de la iglesia de san Ginés, en el pueblo vallisoletano de Ciguñuela (que nosotros no empañábamos en llamar erróneamente "Cigüeñuela").

Lo hicimos a requerimiento de Pablo de Castro, quien desde hace un par de años colabora con otros miembros de la asociación Bocallave (de la que ya se ha hablado en este blog) en la organización, en un entorno rural, de talleres creativos para jóvenes de entre 11 y 18 años. Entre otros, se hacen talleres de guión cinematográfico, land art, litografía y percusión.

A nosotros, Pablo nos había sugerido que hiciéramos un taller de narración, lo que a nosotros nos pareció un magnífico reto. Pero, debido a la premura con la que se planteó esto, al final pensamos que lo más adecuado para este año era dar un recital de cuentos para los participantes en los talleres y cualquier persona del pueblo que quisiera sumarse. La sesión se anunció con el título "Historias que viajan con el viento", en homenaje al gran narrador /xam //Kabbo.

El lugar elegido fue el atrio de la iglesia de San Ginés, un espacio pequeño pero acogedor, que a mí no me cabe duda de que en el pasado acogió los recitales de los cantores de gestas y otros artífices de la palabra. Por eso no pude resistir la tentación de dedicar nuestra sesión a la memoria de esos antepasados nuestros, cuyos espíritus quiero pensar que, de algún modo, estaban presentes, observándonos y, sobre todo, escuchándonos.

Si he de ser sincero, yo soy más bien un narrador que donde se desenvuelve mejor es en el entorno familiar, o en reuniones de amigos y colegas. Así que esta sesión era, en cierto modo, mi "bautismo de fuego", ante un público de gente a la que no conocía de nada.

El recital comenzó hacia las 8:20 de la tarde. La concurrencia (unas cuarenta persona de todas las edades) fue notable. Si el éxito de una cosa así ha de juzgarse por la actitud del público, y su perseverancia, la verdad es que podemos decir que la sesión funcionó muy bien. Tuvimos siempre la atención de nuestros oyentes, y nos produjo especial satisfacción el que un hombre y una mujer, de avanzada edad, que estaban en primera fila se lo pasaran en grande.

Nuestra intención era ofrecer al público la oportunidad de contar algo, una vez nosotros hubiéramos terminado, pero lo cierto es que nadie se animó., aunque varias personas nos aseguraron de que les faltó poco para lanzarse al ruedo. Seguro que la próxima vez se anima más de uno.

Porque estamos seguros de que volveremos a Ciguñuela. Entre otras cosas porque el atrio de la iglesia de san Ginés es realmente un espacio maravilloso para contar, recogido, bello, y con una excelente acústica.

Hice una breve introducción, en la que expliqué el origen del título de la sesión, y narré el cuento ekoi sobre la ratona tejedora de historias (sobre el que ya hablaremos en otra ocasión). Después Helena contó el mito amazónico (de los indios ge) de Katxeré, la estrella que se casó con un muchacho y trajo a la humanidad las plantas comestibles.

Cuando me llegó otra vez el túrno narré el cuento de Urashima Taro, el pescador del mar interior, uno de los más bellos relatos de la tradición japonesa. Helena contó después esa maravilla que es "Leyenda pobre", un cuento que ha escrito ella y sobre el que espero que nos hable en algún momento. Yo conté entonces, juro que con la idea de animar al público a no guardarse sus historias, el relato kannada (de la India) sobre la mujer que se sabía una historia y una canción pero nunca las compartía con nadie.

Sin duda porque era tarde y ya comenzaba a hacer frío, nadie se animó a contarnos nada, por lo que Helena cerró la sesión contando su versión (de origen africano) del cuento del hombre que va a buscar a Dios para preguntarle por qué no tiene suerte.
Para terminar esta breve noticia sobre el recital de Ciguñuela os añado aquí, traducido "a vuela ordenador", el relato "Un cuento y una canción", tal y como aparece en el libro póstumo del folklorista indio A. K. Ramanujan de donde yo lo he tomado.
José Manuel
UN CUENTO Y UNA CANCIÓN
A. K. Ramanujan
A Flowering Tree and Other Oral Tales from IndiaBerkeley: University of California Press, 1997, págs. 1-2
Un ama de casa se sabía un cuento. Se sabía también una canción. Pero se los guardaba para sí y nunca le contaba a nadie el cuento o cantaba la canción.
Prisioneros dentro de ella, el cuento y la canción se sentían asfixiados. Querían liberarse, querían escapar. Un día, cuando la mujer dormía con la boca abierta, el cuento escapó, se desprendió de ella, adoptó la forma de un par de zapatos y se quedó fuera de la casa. La canción también escapó, adoptó la forma de algo parecido a un abrigo de hombre y se colgó de un perchero.
El marido de la mujer volvió a casa, vio el abrigo y los zapatos y le preguntó:
- ¿Quién ha venido a vernos?
- Nadie - respondió ella.
- Entonces, ¿de quién son este abrigo y estos zapatos?
- No lo sé - repuso la mujer.
Al hombre no le satisfizo su respuesta. Desconfiaba. Su conversación se volvió desagradable. De ser desagradable pasó a ser una disputa. El marido se enfureció, cogió su manta y se fue a dormir al templo del dios Mono.
La mujer no entendía lo que estaba pasando. Aquella noche se acostó sola. Una y otra vez se hacía la misma pregunta: "¿De quién son ese abrigo y esos zapatos?" Confusa y triste apagó la lámpara y se fue a dormir.
Las llamas de todas las lámparas de la ciudad, una vez las apagaban, solían ir al templo del dios Mono para pasar allí la noche cotilleando. Aquella noche, las lámparas de todas las casas estaban allí representadas... excepto una, que llegó tarde.
Las otras le preguntaron a la recién llegada:
- ¿Por qué has llegado tan tarde esta noche?
- Esta noche, en nuestra casa el matrimonio ha discutido - dijo la llama.
- ¿Por qué han discutido?
- Cuando el marido estaba ausente, un par de zapatos se plantó en el porche de la casa, y un abrigo de hombre se las arregló para colgarse de un perchero. El marido le preguntó a su esposa de donde salían aquellas cosas. La mujer dijo que no lo sabía. Y por eso, se pelearon.
- ¿De donde habían salido el abrigo y los zapatos?
- El ama de nuestra casa se sabe un cuento y una canción. Nunca cuenta el cuento, y nunca le ha cantado a nadie la canción. Dentro de ella el cuento y la canción se asfixiaban, así que han salido de su interior y se han transformado en un abrigo y en un par de zapatos. Se han vengado. La mujer no lo sabe.
El marido, que estaba en el templo tapado bajo su manta, escuchó la explicación de la lámpara. Sus sospechas quedaron despejadas. Volvió a casa; era el alba. Le preguntó a su esposa por el cuento y la canción. Pero ella los había olvidado.
- ¿Qué cuento, qué canción? - preguntó.

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

Contar historias y escuchar historias tiene mucho que ver con el punto de vista: la perspectiva del narrador, del que recibe las imágenes y el de los propios personajes de la historia.
Muchas veces he comentado que contar cuentos es para mí la mejor terapia porque me libera de mi misma durante un ratito. Sí, es una cuestión de higiene mental, durante un lapsus de tiempo me olvido de que existo porque estoy sumergida en las historias de otros y cuando vuelvo a mirarme el ombligo resulta que vuelvo enriquecida y relajada.

Acabo de terminar de leer un libro contado desde la óptica de un niño. Es el hijo de un nazi, aunque nunca se dice, toda la historia está contada desde el punto de vista de un explorador de nueve años. El niño viaja junto a su familia a "Auchviz" y contempla con curiosidad el mundo, tan lejano a él, que hay tras una enorme alambrada.

Esto es lo que un día vio Bruno cuando se atrevió a acercarse adonde no le dejaban hacerlo...


EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS
John Boyne
Pag. 105-107
Edit. Salamandra

Cuando llevaba casi una hora andando y empezó a tener hambre, pensó que quizá ya había explorado suficiente por aquel día y que debería volver. Sin embargo, en ese preciso instante apareció a lo lejos un puntito y Bruno entrecerró los ojos para distinguir que era. Recordó un libro que había leído, en el que un hombre se perdía en el desierto y, como llevaba varios libros sin comer ni beber nada, imaginaba que veía fabulosos restaurantes y enormes fuentes, pero cuando intentaba comer o beber en ellos estos desaparecían y sólo encontraba puñados de arena. Se preguntó si sería aquello lo que le estaba pasando a él.

Pero mientras lo pensaba, sus piernas, que no paraban de moverse, lo iban acercando más y más a aquel punto, que entretanto se había convertido en una manchita y empezaba a dar muestras de convertirse en un borrón. Y poco después el borrón se convirtió en una figura. Y entonces, a medida que Bruno se acercaba más, vió que aquella cosa no era ni un punto ni una manchita ni un borrón ni una figura, sino una persona.

Y que aquella persona era un niño.

Bruno había leído suficientes libros de aventuras para saber que uno nunca podía estar seguro de qué iba a encontrar. La mayoría de las veces los exploradores tropezaban con algo interesante que sencillamente estaba allí, sin molestar a nadie, esperando a que lo descubrieran (por ejemplo, América). Otras veces descubrían algo que seguramente era mejor dejar en paz (como un ratón muerto en el fondo de un armario).

El niño pertenecía a la primera categoría. Estaba allí sentado, sin molestar a nadie, esperando a que lo descubrieran.

Bruno aminoró el paso cuando vió al niño que antes era una figura, que antes era un borrón que antes era una manchita que antes era un punto. Aunque los separaba una alambrada, él sabía que debía tener mucho cuidado con los desconocidos y que siempre era mejor abordarlos con cautela. Así que siguió andando; poco después se encontraban uno frente al otro.

- Hola - dijo Bruno.
- Hola - contestó el niño.


Y como siempre lo más importante es dar el primer paso y atreverse a explorar mundos desconocidos. Eso sí, también como siempre, el éxito nunca está garantizado.

Espero que os guste el libro.

Helena

sábado, 30 de junio de 2007

Fines de semana de cuento

Durante los dos últimos fines de semana hemos vivido entre cuentos. Del 15 al 17 de junio estuvimos en el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, donde llovió intesamente, pero las palabras no dejaron de fluir. En efecto, a pesar de que hizo un tiempo pésimo, el Maratón se desarrolló un año más con éxito y cumplió su objetivo: 48 horas de narración ininterrumpida, que fue posible por la intervención de 1040 narradores.


José Manuel: Una vez más, disfruté mucho con el ambiente, la inmersión en las palabras, el contacto cotidiano con tantas personas que viven por y para ellas. Estar en Guadalajara esos días fue un auténtico baño de la energía espiritual que yo derivo de los cuentos y quienes los narran. En fin, que volví eufórico y con muchas ganas de seguir en la brecha.

Helena: Yo volví eufórica también, pero al contrario del año pasado, el contacto con el día a día se me hizo algo insoportable. ¿Cómo puede ser que las casas no tengan alas? ¿Cómo puede ser que las palabras salgan de nuestras bocas sin desvelarnos extraordinarios secretos?
Hace poco oímos al cuentero Nicolás Buenaventura y él dijo algo con lo que me identifiqué por completo: que la diferencia entre los cuentos y la vida es que los cuentos son realidad.


De entre los muchos cuentistas que escuchamos recordamos especialmente a Tim. José Manuel ya le conocía y le había entrevistado en alguna ocasión, pero para Helena, y sus amigas, era "la primera vez".

En esta ocasión, Tim no estuvo acompañado por Casilda Regueiro, que es quien habitualmente traduce, si esa es la palabra adecuada, sus recitales al castellano. Quien en esta ocasión recreó sus relatos en nuestra lengua fue Charo Pita, y hay que decir que también ella nos conmovió con un hermoso cántico que expresaba de un modo incomparable la tristeza de la protagonista del relato que más nos impresionó.

Se trata de un hermoso mito inuit (esquimal) que gira en torno al milenario motivo conocido como «la doncella cisne». Habla de un pescador que ve bañarse a unas bellísimas muchachas, y roba el vestido de una de ellas, la más hermosa. La otras recuperan sus ropajes y consiguen escapar. En realidad, son focas que habían adoptado forma humana. Al no poder recuperar sus ropas, la mujer no tiene más remedio que irse con el pescador. No vamos aquí a resumiros toda la historia, pero hay que decir que, si bien la escuchamos dos veces en el intervalo de pocas horas, en ambas ocasiones nos entusiasmó.

En la Maratón de Cuentos José Manuel (así como hacia las 3 de la madrugada) narró un precioso cuento chino de la tradición medieval que habla del extraordinario encuentro de un campesino con un estudiante. El estudiante es capaz de viajar en la jaula de gansos que el campesino lleva a la espalda y de extraer de su propia boca los más exquisitos manjares, los platos más hermosos y la mujer más bella.


José se entregó con entusiasmo y claridad al discurso y consiguió, un año más, el pin de cerámica de "la ciudad de los cuentos". Pequeño obsequio que todos los narradores conservamos con cariño de maratón en maratón. (¡Y él ya tiene cinco!).

Helena se ganó el pin contando "Mundo Baldería" un cuento de José María Merino (de su libro Cuentos de los días raros) que ella ha "oralizado" de un modo muy efectivo. El relato contrapone las trayectorias paralelas, divergentes y, por último, convergentes, de dos primos, uno de los cuales permanece fiel a las lecturas de su infancia (y termina literalmente inmerso en ellas), mientras el otro emprende el camino «sensato» de hacer una carrera «rentable» que le aparta totalmente de aquellos gozos de la niñez. Eso, hasta que, de un modo inesperado, se reencuentra con su primo…




Y el fin de semana de San Juan, como teníamos mono de cuentos, y queríamos hacer algo "mágico". Aceptamos la invitación de Pilar y de Paco de ir a Creixell, un pueblecito precioso de Tarragona, donde además de comer coca, beber cava y «soportar» a los vecinos tirando petardos celebramos un pequeño ritual propiciatorio que, como no, terminó contando cuentos a la luz de las llamas.

domingo, 10 de junio de 2007

En la tierra de Azcaria Prieto

Hacía mucho que no creaba una entrada en el blog y es que la vida me ha tenido bastante entretenida. Pero vuelvo a la carga y no estaré sola, José Manuel ha entrado con fuerza en mi vida y también en mi blog, que ahora será de los dos.

El pasado fin de semana hicimos un viaje a Saldaña, en Palencia, para visitar a la familia de Azcaria Prieto de Castro, una narradora tradicional sobre la que él ha escrito un libro. José Manuel les debía esa visita desde hacía tiempo y yo tuve el privilegio de acompañarle.

El lugar es precioso: el campo estaba lleno de amapolas y flores silvestres. Comimos y bebimos los ricos manjares de la tierra y, sobre todo, compartimos momentos y cuentos con Carmen, Javier, Pablo y Javi, entre otros, a los que desde aquí enviamos un fuerte abrazo.

Y ahora os dejamos con la voz de Azcaria que sigue viva en la fuerza de sus relatos:

La peña encantada
En un rincón de la montaña hay un sitio donde hay una peña grandísima que por dentro está toda güeca. Y la puerta para entrar es de forma de arco. Todos cuentan que en esas cuevas hay cosas encantadas: mujeres, animales y qué sé yo de cosas.

El pueblo más inmediato está muy cerca de las cuevas, y allí cuentan cosas muy miedosas. Cuando los hombres tienen que ir a regar los praos cerca de la peña, nunca se atreven a ir solos, ni de madrugada ni por la noche. Si algún pastor pasa alguna vez por allí para ir al corral donde dejan dormir el ganao, pues cuenta cosas: que se le aparecen calaveras, que ve pasar sombras. En fin, que tenían un miedo que nadie quería pasar por allí.

Un día llegó al pueblo una señora muy elegante. Tenía el porte de princesa y preguntó que si habría alguna nodriza en el pueblo para criar un niño recién nacido. Le dijeron que sí, que había una mujer que quería criar. Entonces la señora dijo que ella misma la llevaría el niño. Se marchó la señora y al poco tiempo volvió con un niño en brazos; se lo entregó a la nodriza y se marchó.

Se pasó más de un año, y nunca volvieron a ver a la señora del niño. No sabían si era su madre o quién era aquella mujer. Después del año, se presentó un día la señora en el pueblecillo y fue a la casa donde criaban al niño. Dijo a la nodriza que iría con ella para pagarle las crianzas. La mujer marchó con ella, y llegaron a las cuevas. Entonces la nodriza cogió un miedo horroroso y se negó a entrar dentro. La señora, pues, tuvo que entrar sola. Al poco tiempo salió la señora con un taleguito y le dijo a la nodriza:

–Ponga usted el mandil y mire usted para otro sitio. No quiero que vea lo que la doy.

La desocupó el talego en el mandil y la dijo:

–No mire ustez para lo que lleva hasta que no entre ustez en el pueblo.

La mujer marchó preocupada. ¿Qué sería lo que la había dao? Y antes de llegar al pueblo abrió el delantal y miró lo que llevaba. Y resulta que eran carbones. Entonces la mujer, desesperada, dice:

–¡Vaya una cosa que ha dao! ¡Carbones!

Y les tiró al suelo; pero entre las tablas del delantal se le habían quedao escondidos tres carbones. Y nada más entrar en el pueblo fue a sacudir el delantal para que caesen, y se encontró que eran tres onzas de oro. Entonces la mujer volvió corriendo donde había tirao el carbón; pero se encontró con que ya lo habían atropao. No encontró ni un carbón en el suelo.Y colorín colorao, que este cuento se ha acabao.

(recogido por Aurelio M. Espinosa hijo en mayo de 1936 y publicado en su obra Cuentos populares de Castilla y León, 2 vols., Madrid, CSIC, 1987-1988, nº 118. Reimpreso, con comentarios, en el libro de José Manuel de Prada Samper El pájaro que canta el bien y el mal: La vida y los cuentos tradicionales de Azcaria Prieto (1883-1970), Madrid: Lengua de Trapo, 2004, págs. 265-266)